Sunday, November 18, 2007

El Chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis
Considerado como el texto de referencia sobre chamanismo; libro clásico escrito hace 50 años y aun no superado. Contiene una cantidad de información sin par sobre esta práctica místico, mágica y religiosa que pobló el planeta antes del advenimiento de las grandes sociedades y las religiones organizadas.
El Yoga. Inmortalidad y libertad
Uno de los mejores, más completos y rigurosos libros sobre el yoga. No tiene una finalidad eminentemente práctica, sino que más bien es un estudio que pretende enmarcar el yoga dentro de la tradición cultural y la cosmovisión religiosa de la India.
Historia de las Creencias y las Ideas Religiosas (Vol. I) De la edad de piedra a los misterios de Eleusis
Introducción sin par al mundo religioso clásico: Mesopotemia, Valle del Indo, Egipto, península arábiga, hinduismo, Grecia, Eleusis, Zoroastrismo… Excelente obra para adentrarse en el pensamiento y la cosmología de las religiones, a la vez que una fuente valiosa de información y mitos sobre los cultos que emplearon plantas visionarias.
Historia de las Creencias y las Ideas Religiosas (Vol. II) De Gautama Buda al triunfo del cristianismo
Segundo volumen de la la magna obra de Eliade. Abarca desde los orígenes del budismo a la consolidación del cristianismo en el siglo cuarto. Entre ambos, taoísmo y Confucio, el yoga en la India, religiones romanas, celtas y germánicas, Pitágoras y el orfismo, Gnosis… Escrito con pasión, se lee como una novela de alto contenido didáctico y gran sabiduría.
Historia de las Creencias y las Ideas Religiosas (Vol. III) De Mahoma a la era de las reformas
Introducción sin par al mundo religioso del segundo milenio: del chamanismo euroasiático, que ha pervivido hasta el siglo XX, hasta las religiones tibetanas (Bon, lamaísmo), pasando por el Islam, el cristianismo y el judaísmo medievales, tanto en su rama teológica como en la mística: la cábala, el sufismo, la mística, así como los movimientos heréticos, o el cisma entre oriente y occidente…
Nacimiento y renacimiento. Significado de la iniciación en la cultura humana
Un claro y diáfano estudio sobre el significado de los ritos de iniciación en las culturas humanas (desde el chamanismo a las sociedades secretas, pasando por los rituales en diversas religiones). Excelente también para contraponer nuestra sociedad, lineal, técnica y progresista, a la concepción cíclica de la existencia de otras culturas.


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CITAS

    «(…) mi objetivo consistía únicamente en hacer inteligible al mundo moderno -lo mismo occidental que oriental, a la India lo mismo que a Tokio o a París- unas creencias religiosas y filosóficas poco conocidas o mal comentadas.» (La Prueba del Laberinto) 

    «La historia de las religiones se refiere a lo más esencialmente humano: la relación del hombre con lo sagrado. (…) Las crisis del hombre moderno son en gran parte religiosas en la medida en que suponen la toma de conciencia de una carencia de sentido»    (La Prueba del Laberinto)

    «Un día no lejano, Occidente no sólo tendrá que conocer y comprender los universos culturales de los no occidentales, sino que además se verá obligado a valorarlos como parte integrante de la historia del espíritu humano.»  (Diarios -1960-)

Posted by isisdiosa99 at 09:13:37 | Permalink | No Comments »

Mircea Eliade (1907-1986) está considerado como uno de los más relevantes historiadores de las religiones. Nacido en Rumania y licenciado en filosofía en la universidad de Bucarest, se trasladó a los 21 años a la India, sintiendo que la educación en su país natal no podía aportarle algo que encontraba a faltar para comprender el alma humana -una carencia que intuyó que podría completar viviendo y asimilando la cultura oriental que la India podía ofrecerle.

   Deseando leer textos clásicos del hinduismo que no habían sido traducidos a lenguas occidentales, sobretodo acerca del yoga y del tantra, pasó tres años en Bengala estudiando el sánscrito con Desgupta. Seguidamente se retiró durante un año en los Himalayas, en Hardwar, para practicar yoga como discípulo de Swami Shivanananda. La estancia en la India representó el gran período de formación intelectual de Eliade, en el que elaboró su visión de la religión, desde su etapa en las sociedades cazadoras y las agrícolas, las primeras culturas que dominaron los metales, las grandes religiones… En la India aborigen pudo enlazar también las creencias cosmológicas de los pueblos ágrafos indoeuropeos, que en illo tempore abrazaban la totalidad del espacio eurasiático.

    Pero principalmente fue la práctica del yoga lo que aportó a Eliade un pilar que faltaba en su cultura religiosa occidental: más allá de los sistemas filosóficos y de los rituales, que había hallado tanto en Europa como en la India, la férrea práctica de lo que él denominaría las técnicas psicofisológicas del yoga, le llevaría a experimentar estados místicos de la consciencia, o sea: la experiencia directa de lo sagrado, algo que suponía la validación de todo el sistema filosófico y ritual posterior -una abstracción que Eliade encontraba falta de sentido sin la piedra angular de la experiencia extática.

    A su retorno a Europa, Eliade emprendió una carrera literaria que se dividiría en dos ramas, en cierta manera complementarias: por una parte el estudio riguroso del fenómeno religioso, que culminó con su voluminosa Historia de las creencias y de las ideas religiosas, y por otra parte las novelas de base autobiográfica, en las que recreaba de forma fantástica las experiencias espirituales que vivió durante su estancia en la India, sobretodo durante el período de Hardwar.

    Si Jung, el psiquiatra suizo, representa el intento de articular y dar a comprender a la mente occidental la fenomenología de la experiencia mística, mediante el estudio de los ‘símbolos de la mente inconsciente‘, Eliade representó durante el siglo XX la articulación y la pedagogía del fenómeno religioso, pero no tan sólo el propio de la historia occidental, sino el proceso religioso que aconteció en Eurasia desde el neolítico en las sociedades de cazadores, hasta el advenimiento de las grandes religiones como el budismo, el mazdeísmo y el cristianismo. Junto a Campbell, Eliade sobresalió en escribir unos libros a la vez doctos y de una gran claridad, que a la vez se convirtieron en enormemente populares. Lejos de usar un estilo especulativo, abstracto y confuso, sus trabajos facilitaron la recuperación del respeto acerca del fenómeno religioso, tan vilipendiado en occidente a lo largo del siglo XIX.

   Entre sus obras más conocidas, destacan ‘El mito del eterno retorno,Yoga. Inmortalidad y libertad‘, ‘El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis‘, ‘Lo sagrado y lo profano‘, ‘Tratado de historia de las religiones‘, ‘Cosmología y alquimia babilónicas‘, ‘La noche bengalí‘.

   Después del redescubrimiento de los enteógenos, y por haber escrito el inmortal El Chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis, Eliade ha sido criticado por no haber incluido y estudiado las plantas visionarias en el complejo chamanístico expuesto en el libro. Existe confusión acerca de este punto, pero de todas maneras ha de considerarse que Eliade escribió el libro sobre chamanismo en 1951, cuando los estudios sobre enteógenos estaban aun en pañales. Y en cierta manera es normal que Eliade centrara su atención en las técnicas arcaicas del éxtasis, pues su acceso a experiencias místicas aconteció como consecuencia de la práctica del yoga.

   En cierto modo Eliade dio un primer paso en relación a la comprensión de las experiencias espirituales inducidas por enteógenos, al intuir que el yoga suponía una técnica psicofísica para alcanzar estados místicos de la consciencia. Así, una de las principales objeciones que se plantearon a la relación de los enteógenos con las experiencias espirituales era que estas no podían ser inducidas por algo físico, y menos una determinada molécula, ya que en occidente se consideraba desde antaño que lo espiritual y lo material eran reinos distintos y sin relación alguna. Eliade, al intuir que las experiencias espirituales de los yoguis podrían ser articuladas por una técnica y unas prácticas físicas, corporales, abrió una primera posibilidad y entendimiento a la relación entre mente y materia, entre cuerpo y espíritu.  

   Años más tarde, sintiendo demasiado ardua la revisión de sus escritos a la luz de lo que había aportado la etnobotánica, Eliade reconoció la importancia del papel de los enteógenos en el fenómeno religioso, si bien comunicó esta posición sólo a nivel privado a personas como Peter Furst o E. Jünger, con quien dirigió la publicación Antaios. 

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Mircea Eliade (1907-1986)

As described in the Chicago note, Mircea Eliade is a marginal figure in the Friesian tradition. However, after Eliade died, certain criticisms were leveled at him that are noteworthy and deserving of serious attention. The substantive criticism was that the kind of theory of religion represented by Eliade, and for that matter Rudolf Otto himself, leads logically and directly to the neo-pagan amoralism of the Nazis, and furthermore that Eliade actually directly promoted just such a thing in Romania during or before World War II. Such accusations are of great concern. Nor are they unfamiliar, since these are precisely the problems many people (very properly) have with Martin Heidegger.

As with criticisms of Heidegger, in the course of this two things should be kept separate: the nature of the theory that Eliade is said to promote, and then the nature of Eliade’s political involvement as a possible application of the theory.

Eliade, of course, is coming out of the kind of theory found in Otto, which is only minimally different from the philosophy of religion in Nelson and Fries; and Nelson and Fries are in many ways still four-square Kantians. Otto’s Das Heilige is famous for dealing with the “irrational” in religion, but he himself cautions that this is only a supplement to the rational treatment of religion that he had provided in Die Kant-Friesische Religions-Philosophie. Consideration of the “Numen ineffabile” only follows upon the “devoted assiduous and serious study” of “the ‘Ratio aeterna’.” Although Otto’s exhortation to the rational side of religion is plainly and prominently stated, it is widely ignored. What the rational side of religion largely contributes is morality, and there is little attenuation of the power of the Moral Law in Fries or Nelson or Otto from Kant. Otto himself establishes a hierarchy of religions according to the degree to which they have become morally “schematized”: the basis of his clear preference for Christianity as the supreme religion. It is possible for us to argue which religion has the better moral conceptions and to disagree with Otto about that, but we may not disagree with him in principle to suppose that some religions do have superior moral conceptions to others.

On the other hand, supposing that some religions are morally superior to others implies that others are inferior. Given some religion that is not “morally schematized” very well, we can then ask what makes it a religion in the first place and what kind of meaning it had for its adherents, even if to us it is morally intolerable. That is the question that particularly interested Otto (and Eliade). This does not imply, as accusations of Eliade would imply, that the morally un-schematized religions are superior to the morally sophisticated ones. That would be standing the whole theory on its head.

The question becomes simply a matter of fact: Are there religions that are morally unschematized? The answer to that has got to be “yes,” especially since much of the history of religion wouldn’t make any sense otherwise. Zoroaster’s entire reform of Iranian religion was predicated on his moral critique of the worship and propitiation of the forces of evil in the old religion. Thus Zoroastrianism became “the Good Religion.” Similarly, in Greek philosophy from Xenophanes to Socrates and Plato, we see a process of morally editing Greek mythology. No one ever expressed it better than Xenophanes himself, who accused the poets of attributing to the gods everything that is shameful and a reproach among men. And we know well the fulminations of the Biblical Prophets against the Ba’als, the temple prostitution, and all the wickedness and uncleanness of the religion practiced around the Israelites. In the mix of Hellenistic Civilization, these three strains of moralizing all came together and produced the classic forms of Judaism, Christianity, and then Islam. The old religions of the Mediterranean world simply died out.

Concern with the morally unschematized religions is not an endorsement of them. It just means that they are there and that they represent something to be understood about religion and human nature. And they are still there, not just in older religions, like Hinduism, that didn’t undergo the kind of revolution that took place around the Mediterranean, but also still in us, in the sense that they are from a level of existence that is always present and that can easily reassert itself in the wrong circumstances, as indeed happened with Nazi neo-paganism.

Denying that there is anything non-rational or non-moral about religion simply out of fear that the possibility of such things will lead to Nazi neo-paganism has two things wrong with it: first that moral objections cannot change facts, if indeed they are facts, and second that it is open to serious question whether the mere theoretical recognition of the non-rational and non-moral implies that there will be some kind of increase in non-rational or non-moral activities. We might more expect the opposite.

Recognition of the non-rational in Otto falls into an epistemological category used by Nelson and Fries: Ahndung. For Fries there are three basic categories of cognition, Wissen, Glaube, and Ahndung. Wissen is scientific knowledge of phenomenal objects and is produced by the synthesis of sensible intuition in space and time. That corresponds to theoretical rational knowledge in Kant. Glaube is “belief” concerning the unconditioned character of things in themselves. Fries did not believe that the Ideas of Reason were “dialectical illusion” the way that Kant did. Kant didn’t want to believe that himself and ended up making the key Ideas postulates of practical reason. Fries regarded the argument for the postulates feeble unless bolstered by a sense that the Ideas were not “illusions” in the first place. The result, nevertheless, is much the same; and Glaube still differs importantly from Wissen, as practical from theoretical reason in Kant, in that there is no intuition that corresponds to the Ideas and so no system or science that can be constructed about transcendent objects. Thus we can be secure with our Idea of God, but we can really know nothing else about God apart from that concept.

Ahndung is what Fries does with Kant’s Third Critique. The objection was that while Kant’s category is supposed to cover “feeling,” what Kant really ends up with is a theory of the subjective universality of a rational aesthetic judgment. This seems to follow from a sense Kant has that only reason connects us to the transcendent and that sensation is only a subjective and confusing factor that distracts and distorts reason: sensibility, our passive relation to objects, is the mark of our imperfection — where for God’s intellectual intuition, objects are produced spontaneously with the active thought of them. Fries’s view was that sensation relates us to things in themselves just as much as reason and that aesthetic feeling is precisely that aspect of sensation. There is for Fries a symmetry between Wissen, Glaube, and Ahndung: in Wissen there is an effective synthesis involving concepts and intuition, which produces the perception of phenomenal objects. On the other hand, in Glaube and Ahndung there are concepts and intuitions, respectively, which do not result in an effective synthesis or a perception of objects: nevertheless they are the conceptual side and the sensible side of our relation to things in themselves. Otherwise Fries’s view of Ahndung differs little from Kant’s aesthetics, and the view of religion in Fries and Nelson is fully as moralistic as Kant’s but with the addition of aesthetic feeling.

Now, to Hegel this was all a very gross kind of irrationalism, and he was happy to derive Fries’s radical politics and anti-Semitism from these theories. On the other hand, Hegel makes the same accusations of “irrationalism” against Kant; but when it comes to Wissen, Glaube, and Ahndung the differences between Kant and Fries are really vanishingly small. The preferred “rationalism” advocated by Hegel was merely a return to the worst kind of circus of absurdities made possible by speculative metaphysics. And while Hegel may have been relatively and laudably free of anti-Semitism, his politics otherwise are nothing worthy of praise. It is no error now to trace the modern theory of the totalitarian state to Hegel rather than to Kant or Fries.

What is conspicuously lacking in Kant or Fries is any interest in actual religions apart from Christianity, which for them is superior beyond doubt or dispute. Nelson has lost any unquestioned sympathy for Christianity, but the result is that he makes vague statements and gives us a sense that he endorses religion in a general and theoretical way but has never met any real religion that he has ever liked. (One story is that Nelson actually divorced his wife because she insisted on baptizing their new son in the Lutheran Church.) Even Fries rejected the central mystery of Christianity, the Atonement. But it is hard to see how anyone could actually be a Christian if they didn’t believe that the function of the Crucifixion was to redeem us from our sins.

Otto becomes less interested in reconstructing an idealized rationalistic Christianity and instead turns to what is actually in it. Thus as a purely phenomenological matter, Otto perceives more to Ahndung than aesthetics, and this begins to produce something descriptively adequate to actual religions. Otto’s addition of numinosity to Ahndung, made no change, as far as he was concerned, in the overall structure of Friesian theory. It was too much for Nelson, who rejected Otto’s new theory as a kind of mysticism; and that characterization seems to get repeated in most descriptions of Otto. However, Nelson himself has a pretty clear definition of mysticism, as a claim to perceptual or discursive knowledge of transcendent objects; and Otto was never guilty of saying anything like that. Otto was certain that God was the numen, but he was also clear that the concept of God and the justification for it comes entirely from the rational side of the equation, from Glaube, and that the theory of numinosity is the description of a feeling, not the description of an object. Now, if we become more sceptical about the rational force of the Kantian-Friesian derivation of the Idea of God, we can appreciate that holiness can apply to other things in other religions. The Buddha, the Dharma, and the Sangha come to mind.

Otto is not a great thinker, but it is enough for anyone to have at least one really good idea. Otto’s is both sound and profound, and it is well lodged both in the context of Kantian-Friesian epistemology and philosophy of religion and in the phenomenological description of religion.

This brings us back to Eliade. Eliade was not an actual student of Otto’s. Instead he just read Otto’s book, and it is obvious that he has no handle on the philosophical and rational side of Otto’s Kantian-Friesian project. Eliade simply continues with the phenomenal description of numinosity. There is nothing wrong with that. The issue is whether he did more than simply fail to treat the moral and rational side of religion but if he actually rejected it in favor of some kind of neo-pagan irrationalism and immoralism. I think that charge is false.

Eliade can justly be accused of political naiveté. If it was merely naiveté, that would be a kind of defense — a kind of defense that is often offered for Heidegger and Werner Heisenberg. The problem is whether foolish or ignorant views are vicious or merely well meaning but uninformed. The proof is whether the views become disillusioned in the face of conspicuous demonstrations of evil. If there is no disillusionment in such circumstances, then we must ask whether such evils really follow from the views and so whether the views are really naive or in fact informed, deliberate, and actually pernicious.

With Eliade there is no doubt of his commitment to Christianity. Any accusation of neo-paganism is grotesquely wrong. Furthermore, Eliade’s own best example of Christian behavior and spirituality was Mahatma Gandhi, whom he had met in India. These are not the kind of views that can justly be accused of implying Death Camps. And Eliade was actually attacked as being too interested in India and in foreign thought to be properly promoting Romanian culture. He thought such xenophobia absurd and reprehensible. What Eliade wanted for Romania was some kind of spiritual rebirth. Not a rebirth of pagan Dacianism, but a rebirth along the lines of Gandhi’s project in India. Eliade hoped that Romania could emulate the achievements of such other small European countries as Denmark, which would always be famous for Kierkegaard and other like thinkers and writers. Wanting to be the Romanian Kierkegaard should not fill one with apprehension about Eliade’s project.

Eliade’s naiveté comes in his attitude toward democracy. He thought that democracy had failed in Romania, and as a description of actual accomplishments, he need not have been wrong. He didn’t like the alternatives either, for he saw Communism in the Soviet Union destroying religion and he saw Fascism in Germany turning against the Jews. Both were sufficient to discredit these things in his eyes. That should be emphasized. If it is a question of recognizing evil, Eliade had no trouble recognizing Hitler’s evil in his anti-Semitism. In that respect we could claim a great moral superiority for Eliade over Heidegger, who never seemed to notice anything of the sort about National Socialism — and both removed the dedication to Edmund Husserl, who was inconveniently Jewish, from Being and Time and refused to sign the dissertations of those of his graduate students who came up for approval after he had become a functionary of the Nazi regime.

If neither democracy nor Communism nor Fascism were very helpful, then that didn’t leave Eliade with much to endorse. That could well have bothered him, but then he felt that his primary interests were not political. His project was promoting his Gandhian “spiritual” revival. At the same time, the looming threat of war was obvious, and Eliade could not help but worry about Romania’s fate when the Titans clashed. In that context the model that began to appeal somewhat to him was indeed Italy, just because Mussolini had (apparently) made the country strong, and Romania would need to be strong to weather the coming storm. Unlike Hitler, Mussolini was not alienated from Christianity — he had negotiated a Concordat with the Pope, which created the modern state of the Vatican City. Nor was Mussolini attacking the Jews. Indeed, Mussolini seems to have even promoted Zionism during the 30’s and was only pushed into actions against the Jews as his dependence on Hitler increased during the War. Eliade’s attraction now sounds very foolish, and in retrospect it seems like sophistry to distinguish Mussolini from Hitler. But there were differences, and Eliade pursued the logic of those differences until he ultimately decided, in the course of the War, that the paradigm he liked the best was Salazar’s Portugal. Fascists all, it is still clear that there were differences between Salazar and Franco, in Portugal and Spain, and Hitler and Mussolini, in Germany and Italy. Franco could not be tempted into the War, for all Hitler’s promises; and, far from joining in Hitler’s Final Solution, Franco seems to have been instrumental in rescuing many Jews from the Holocaust by offering refuge in or passage through Spain. Those differences were the key ones for Eliade; he was not interested in anyone who attacked either Christianity or the Jews.

What this political temptation led to while Eliade was still in Romania were articles endorsing what turned into Romania’s Fascist Party (the “Legionary Movement” or “Iron Guard”). Eliade could endorse the movement only because at first he did not believe it was, as it did not present itself at first as, a political party at all. Eliade hoped it was precisely the sort of grass roots moral and spiritual movement that he wanted, and he relied on the judgment of his academic mentor that this was so. In 1938 the government decided to round up the leaders and sympathizers of the movement, and Eliade got scooped up and detained for two months as part of that. He had never actually belonged to the organization; and as soon as it turned violent, as soon as it began to act like a proper Fascist party, attacking Jews, etc., Eliade washed his hands of it and judged that they had completely discredited themselves. After he was released, he never had anything to do with them again. Instead he began thinking it might be a good time to get out of the country, perhaps even come to America. His prospects of employment in America, however, were bad — American immigration laws were then prohibitive — but then a friend of his offered him a chance for a diplomatic post, as cultural attaché, in London. Eliade and his wife, ironically, thus spent the Blitz in London, a period when Romania was still neutral.

Eliade later got transferred to Lisbon, after Romania joined the Axis, where he spent the rest of the War. There he developed his interest in Salazar, about whom he wrote a book that was published back in Romania. He hoped Salazar would be a good example. He only went back to Romania once during the war, and that resulted in an incident that sounds like the only prima facie credible accusation of anti-Semitism ever made against Eliade. And that was that he visited all his old friends in Bucharest except for an old Jewish friend, who survived the War and later reminisced that it was painful to have been so obviously rejected. However, before leaving Lisbon Eliade had meet Salazar himself, who gave him a message for the Romanian government. After that meeting, Eliade noticed that he was being followed and sensibly concluded that this was the Gestapo keeping track of him. The last thing he wanted to do was to lead the Gestapo to a Jewish friend in Bucharest. I think we can still assume that the Gestapo would have investigated anyone Eliade, as a Romanian diplomat negotiating with neutrals (through whom contacts with the Allies could be made), might have had contact with.

Beyond a certain point it is not necessary to defend, or even explain, Eliade. The worry that Eliade was promoting some kind of neo-paganism in line with Hitler’s is profoundly groundless. His estrangement from democracy was a definite failure of his political judgment, but Otto’s philosophy of religion can hardly be blamed for that — it potentially has no different political principles than Kant. All this would seem to stand in the most obvious contrast with Heidegger, whose views clearly imply the kind of neo-paganism, violence, and irrationalism that he actually found, recognized, embraced, and never repudiated in Nationalism Socialism. This all is bound to thoroughly discredit the fundaments of Heidegger’s thought. Nevertheless, even with Heidegger we should recognize some historical importance and some minor theoretical interest in his work. But compared to Heidegger, Otto’s Kantianism, and Eliade’s contributions to Otto’s program, are sterling achievements beyond reproach. For them, Eliade should have at least as much of a hearing as Heidegger (or as the celebrated Joseph Campbell, whose distaste for theistic religion in general, and for Judaism in particular, is often palpable).

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Mircea Eliade (1907-1986) es quizás el mayor historiador de las religiones del siglo XX. Pero además Eliade quiso sobre todo ser “un escritor rumano”. Su obra narrativa también interesa. Una unidad de estilo y de enfoque informa el conjunto de su obra, del ensayo al relato. Y bajo toda ella late la inmensa curiosidad del autor, especialmente en el ámbito de lo religioso. Este artículo traza los hitos biográficos más notables del personaje (de su viaje a India a su docencia en Chicago). También repasa los distintos géneros de su obra y ofrece una información completa a modo de introducción a uno de los intelectuales más influyentes del siglo XX.

 

Introducción

Entre los estudiosos de las religiones el nombre de Eliade es un referente obligado. Sus ensayos, tratados o su Historia de las creencias religiosas son y han sido fuentes obligadas de estudio.

Algunos de estos estudios ya habían sido traducidos y publicados en nuestro país, pero también habían sido olvidados o descatalogados. Hoy se vive una auténtica fiebre de reedición o nueva publicación de las obras de Eliade. Se rescatan ediciones, se amplía la oferta, y, lo que es sumamente indicativo, se publica también su obra narrativa y memorialística.

Quizás este rescate de la figura y obra de Eliade obedezca al creciente interés que la cuestión religiosa suscita en los círculos culturales que antes habían menospreciado la cuestión o la consideraban irrelevante. Como dijo el propio Eliade, parece que el “futuro será religioso o no será”. Incluso cuando este interés viene justificado por una visión sesgada: el papel de los fundamentalismos o de las motivaciones religiosas en los conflictos del presente y previsiblemente del inmediato futuro.

Sea como fuere, bienvenida sea la actualidad de Eliade. Pues, en efecto, en su inmensa obra late una curiosidad sin límites por el fenómeno religioso, una mirada aguda sobre su variedad y su profunda unidad. Seguir la obra de Eliade permite abismarse en las manifestaciones más diversas, de Oceanía a América, de las religiones primitivas a los fenómenos pseudoreligiosos de la modernidad. Su inmensa erudición podría llegar a abrumar, pero un estilo ágil y eléctrico permite que lectores de muy diverso nivel (desde el especialista hasta el aficionado) puedan gozar de sus enseñanzas.
 


Una generación rumana

Como es lógico en un intelectual de su envergadura, su obra se nutre y a la vez vivifica las disciplinas más diversas, de la antropología a la mitología, pasando por la historia o la sociología.

Siendo como fue, por su biografía personal e intelectual, un hombre ecuménico, él mismo había dicho que en principio sólo “pretendía ser un escritor rumano”. Y es que repasando pasajes de sus memorias, por ejemplo sus diarios de 1945-1948, se constata que su verdadera y declarada vocación era la de novelista. Por lo que parecería, según su propia confesión, que su ingente obra en el campo de la historia de las religiones fuera un mero accidente. Visto retrospectivamente, es seguro que Eliade pasa a la Historia por este “accidente”, más que por su obra narrativa, aunque ésta contenga algunas obras memorables. El destino le desmintió su vocación. Como también fue el destino o el azar, además de su voracidad y curiosidad, el que lo llevó a un periplo que, tras su nacimiento en Bucarest, se inicia en la India y concluye en EE.UU. Pero él quiso ser rumano. Y ciertamente, si repasamos, otros nombres ilustres de la intelectualidad rumana del siglo XX, veremos que un aire de familia los une. Citemos algunos de los más destacados: Emil Cioran (1911-1995) y Eugene Ionesco (1912-1994), con los que compartió amistad y exilio en Francia. El filósofo más “nihilista” del siglo XX (Cioran) y el creador del “teatro del absurdo” (Ionesco) comparten con Eliade una altura intelectual que obliga a preguntarse por las fuentes de esta generación rumana. Otros rumanos ilustres de la misma generación fueron Jean Negulesco (1900-1993) y Tristan Tzara (1896-1963), uno de los creadores del dadaísmo.

Una sólida formación, quizás más sólida por estar ubicados en un ambiente a priori “provinciano”, su pertenencia a un país que en la periferia sufre la crisis de la conciencia europea, el drama de la elección entre el supuesto “futuro luminoso de la humanidad” (el comunismo) y el apego a la tradición, pueden ser factores que expliquen la emergencia de esta generación. En unos condujo a la expresión de una conciencia desgarrada, como en Cioran o Ionesco; en otros, como Eliade, condujo a una búsqueda de las raíces de ese desasosiego, que serían las raíces religiosas. Él mismo había dicho que la razón de su vehemente investigación de las religiones es porque en ellas percibía “toda la nostalgia y el entusiasmo que percibo en el hombre moderno”.
 


De Bucarest a Chicago

Esta búsqueda no se circunscribe al ámbito que le sería propio, el de las religiones de Occidente. Su impulso es más universal, y se dirige en primer lugar hacia Oriente. En efecto, a los 21 años de edad (en 1928) se traslada a India para ampliar sus estudios y preparar la que sería su tesis doctoral. En sus tres años de estancia traba conocimiento con Dasgupta, ilustre historiador de las religiones y filosofías de la India (véase su monumental History of Indian Philosophy, en 5 volúmenes), y también con la hija de éste, lo cual incomodó al maestro. Regresó a Bucarest en 1931 donde ejercería la docencia, pero ya “tocado” por ese aire orientalista de profundo respeto por el hecho religioso.

Fruto de ese profundo conocimiento de las religiones de Oriente es la publicación más adelante de su tesis en francés: es la conocida obra Yoga. Inmortalidad y libertad. En ella ya se observan los rasgos propios de su aproximación metodológica y de su estilo: el yoga es abordado en cuanto escuela específica, en cuanto práctica del conjunto indisoluble cuerpo-mente, y como hilo presente en todo el recorrido de las creencias y de las religiones indias (con interesantes incursiones en los paralelismos que pueden establecerse entre las prácticas yóguicas y otras de otras latitudes o épocas, por ejemplo la kenosis de los monjes ortodoxos del Monte Athos). Es decir, una presentación en profundidad, “desde dentro” y a la vez histórica, y por otra parte repleta de sugerencias, de apuntes transversales.

Esas características se mantienen y se desarrollan a lo largo de sus posteriores estudios y publicaciones. Con una actitud desbordante y una inmensa capacidad de trabajo, tal como atestiguan sus diarios de sus primeros años de exilio. Pues, en efecto, en 1940, ya iniciada la II Guerra Mundial, abandona Rumanía por motivos personales y políticos, y tras estancias en Lisboa y Londres se instala en París en condiciones muy precarias. Sin recursos, en una habitación gélida en los inviernos, escribe y estudia en jornadas de 15 horas de trabajo. En ellas intenta hacer compatible su labor ensayística y la narrativa, aunque el reconocimiento, que tarda en llegar, le viene del lado de la ensayística.

Finalmente, ya con un reconocimiento creciente, es llamado a Estados Unidos en 1956, donde se instala y es admitido en la Universidad de Chicago. En esa universidad alcanza sus mayores méritos académicos impartiendo sus cursos de Historia de las religiones, hasta su muerte en 1986.
 


Un tratado sin método

De esa larga etapa americana proviene parte importante de las publicaciones de Eliade. Una etapa en la que se consagra como una de las voces más autorizadas en el estudio de las religiones.

Su obra abarca los más diversos temas y panorámicas, desde el ensayo preciso (por ejemplo El Chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis) a las monografías (por ejemplo Patanjali y el Yoga), al ensayo de síntesis (por ejemplo Mito y realidado El mito del eterno retorno), a la historia sistemática (su inacabada Historia de las creencias y de las ideas religiosas) y el tratado (su imprescindible Tratado de historia de las religiones).

Lo que esta vasta obra señala es una intención básica: la de rescatar la historia de las religiones de la fría y distante erudición que le precedía o le rodeaba. Para Eliade el hecho religioso es un hecho vivo, incluso cuando se estudia su recorrido histórico. Según él mismo definió, “la historia de las religiones no se limita simplemente a una disciplina histórica, … es igualmente una hermenéutica total llamada a explicar cualquier clase de contacto del ser humano con lo sagrado”.

Por eso, el mérito de Eliade consiste en haber rescatado esta disciplina de una especialización erudita y fría, de unas pautas interpretativas en clave materialista o freudiana, todas ellas ajenas y externas al hecho religioso mismo. Es así que definimos su actitud como un estudio “desde dentro”, y su método como una hermenéutica total que acude a campos o enfoques diversos (el fenomenológico, el simbólico, el histórico, el mitológico, incluso el literario). Y ello sin pérdida de rigor o erudición, pero eso sí con una capacidad transversal, sintética, panorámica, y sobre todo sugestiva, que puede tocar la sensibilidad del lector actual. Él no disecciona cadáveres, sino que observa cuerpos vivos, aunque sean cuerpos del pasado. Este tipo de actitud le acerca al enfoque jungiano con el que compartió inquietudes en el llamado círculo Eranos. También es reconocible la influencia de la revolucionaria obra Lo santo de Rudolf Otto.

Es por ello que debe agradecérsele también un estilo directo. De hecho este rasgo no es sólo estilístico, forma parte del todo de una actitud. Eso se ve muy claramente en una de sus obras cumbres: el Tratado de historia de las religiones. Contra lo que puede esperarse de un Tratado, parece que la exposición no contenga una metodología precisa, o al menos –y eso también se agradece- no contiene farragosas disquisiciones o introducciones metodológicas. Sólo encontramos una breve presentación a cargo de Georges Dumézil, un escueto prólogo a cargo del autor y un primer capítulo que aborda cuestiones de método pero ya entrando en materia, en este caso en la cuestión de las hierofanías.

El método va desarrollándose a lo largo de la propia obra, en la forma de abordar cada temática, con la intención siempre expresa de mostrar una panorámica y un entendimiento sintético.
 


Ávida curiosidad y capacidad narrativa

Probablemente esta actitud metodológica no sólo responda a una elección consciente en el campo propio de su disciplina. Se adivina ahí también al narrador. Y una curiosidad sin límites, curiosidad que un exceso de rigor metódico limitaría.

En efecto, su estilo ensayístico es profundamente narrativo, incluso mítico. Y su curiosidad le lleva a recorrer fuentes dispares, enfoques distintos, temáticas aparentemente lejanas pero en las que él descubre relaciones significativas. Toda esa red de relaciones ha de ser descubierta mediante un método eminentemente literario: la literatura posee esa libertad que a veces el ensayo no posee. Un ejemplo elocuente es su ensayo De Zalmoxis a Gengis-Khan. Esta obra se inicia en la figura mítica de la Dacia neolítica, figura que fue retomada por la escuela pitagórica, y tras numerosas incursiones en las religiones y el folklore de la Europa Oriental fija su atención en el jefe mogol del s.XII-XIII y aún se adentra en las expresiones cristianas del dualismo.

Todo este amplio análisis, hecho con rigor y amenidad, sólo puede hacerse con la maestría de Eliade, y con su capacidad narrativa, aunada a un conocimiento profundo y detallado de las fuentes manejadas.

Es tal el dominio de la materia por parte de Eliade que pocos podían atreverse a elaborar a título individual una Historia de las creencias y las ideas religiosas de alcance universal. Obra inacabada e interrumpida a su muerte, ofrece sin embargo en sus tres volúmenes una panorámica muy completa (su discípulo Ioan P. Couliano se encargó del cuarto y último volumen). Pero, al margen de su capacidad individual, también debe destacarse su capacidad para las obras colectivas. En esta línea, la obra más destacable es The Encyclopedia of Religions, obra por él dirigida que consta de 16 volúmenes.
 


El narrador

Pero, como ya dijimos antes, la vocación más profunda de Eliade era la de narrador, aspecto en el que fue, a pesar suyo, menos reconocido. Ahora, con la reciente publicación de esta parte de su obra, el reconocimiento ha llegado. En esta faceta, Eliade se muestra formalmente bastante tradicional: entiende que la novela ha de contar una acción, describir unos personajes y sugerir una conclusión. Es indicativo, por ejemplo, que criticara las novedades formales de un Joyce. No significa eso que su narrativa pretenda un realismo a ultranza. Al contrario, en muchas de sus novelas y relatos se respira una atmósfera irreal y mágica. Quizás la obra más lograda en esa línea sea Medianoche en Serampor, conjunto de dos relatos que convencionalmente podrían clasificarse dentro del género fantástico o exótico, pero que por su profundidad espiritual desbordan tal estrecha clasificación. También a ese género pertenece la novela corta La señorita Cristina, una “historia de fantasmas y de amor” situada en su Rumanía natal.

La mayor parte de la obra narrativa de Eliade sitúa justamente la acción en Rumanía, como si las raíces le obligaran a retomar los paisajes de su infancia y de su juventud incluso tras largos años de ausencia. En alguna de ellas, como la ambiciosa La noche de San Juan, se recrea el clima cultural y político de la Rumanía de entreguerras.

Al margen de que consideremos que su obra narrativa es más irregular que la ensayística, aunque contenga obras muy notables, su sola producción da fe de un espíritu inquieto, abierto a una forma de contar que supera la rigidez del simple erudito. Esa característica también es visible en sus diarios y memorias. Constituyen el valioso testimonio de uno de los intelectuales más agudos de ese siglo, de un siglo que quiso enterrar la religión y acabó reencontrándola.



Nota biográfica
 

Mircea Eliade nació en Bucarest en 1907. Se licenció en filosofía en 1928. Partió a la India, donde residió hasta 1931 estudiando sánscrito, filosofías y religiones en Calcuta al lado de Dasgupta. También vivió aislado en el Himalaya durante seis meses. De vuelta a Rumanía se doctoró con una tesis sobre el Yoga, antecedente de su famosa obra Yoga. Libertad e inmortalidad. Enseñó hasta 1939 historia de las religiones. Al estallar la II Guerra Mundial fue nombrado agregado cultural en Londres. Se exilió en París en 1945, donde acabó enseñando en la Sorbona. En esta etapa de su estancia en Francia se fraguó su prestigio: publicó, entre otros, su Tratado de historia de las religiones (1949). Colaboró con Jung en el círculo Eranos y con Jünger en la Revista “Antaios”. En 1956 se trasladó a EE.UU., instalándose en Chicago, en cuya universidad desarrolló hasta su muerte en 1986 su labor docente e investigadora. Entre sus numerosas publicaciones destaca su inacabada Historia de las creencias y de las ideas religiosas (1976-1985) y la dirección de la obra en 16 volúmenes Encyclopedia of Religions.



Bibliografía

Esta bibliografía no pretende ser exhaustiva. Se presenta por orden alfabético, según géneros, y según las ediciones más asequibles.

Alquimia asiática. Paidós, Barcelona, 1992

El Chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis. Fondo de Cultura Económica, México, 1992

Cosmología y alquimia babilónicas. Paidós, Barcelona, 1993

Herreros y alquimistas. Alianza, Madrid, 1996

Historia de las creencias y de las ideas religiosas. 4 vols. Paidós, Barcelona, 1999.

Imágenes y símbolos. Taurus, Madrid, 1992

Iniciaciones místicas. Taurus, Madrid, 1989

Mefistófeles y el Andrógino. Labor, Barcelona, 1984

El mito del eterno retorno: arquetipos y repetición. Alianza, Madrid, 1998

Mito y realidad. Labor, Barcelona, 1985

Mitos, sueños y misterios. Grupo Unido de Proyectos y Operaciones, 1991

Ocultismo, brujería y modas culturales. Paidós, Barcelona, 1997

La Prueba del laberinto. Cristiandad, Madrid, 1980

Lo sagrado y lo profano. Paidós, Barcelona, 1998

Tratado de historia de las religiones. Cristiandad, Madrid, 1981

El vuelo mágico y otros ensayos. Siruela, Madrid, 1997

Yoga. Inmortalidad y libertad. La Pleyade, Buenos Aires, 1977

De Zalmoxis a Gengis-Khan. Cristiandad, Madrid, 1985

Obra en colaboración

The Encyclopedia of Religions. 16 vols. Ed. dir. M. Eliade. MacMillan, New York, 1987

Eliade, Mircea ; Couliano, Ioan P. Diccionario de las religiones. Círculo de Lectores, Barcelona, 1997

Eliade, Mircea ; Kitagawa, Joseph M. Metodología de la historia de las religiones. Paidós, Barcelona, 1996

Narrativa

Boda en el cielo. Ronsel, Madrid, 1996

El burdel de las gitanas. Siruela, Madrid, 1995

Los jóvenes bárbaros. Pre-textos, Valencia, 1998

Medianoche en Serampor. Anagrama, Barcelona, 1981

La noche de San Juan. Herder, Barcelona, 1998

La señorita Cristina. Lumen, Barcelona, 1994

Tiempo de un centenario. Kairós, Barcelona, 1999

El Viejo y el funcionario. Laia, Barcelona, 1984

Diarios y Memorias

Diario íntimo de la India. Pre-textos, Valencia, 1998

Diario íntimo indio (1929-1931): novela indirecta. Pre-textos, Valencia, 1997

Fragmentos de un diario. Espasa-Calpe, Madrid, 1979

La India. Herder, Barcelona, 1997

Memoria. Tomo 1. Las promesas del equinoccio. Taurus, Madrid, 1983

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Thursday, March 29, 2007

100 años de Mircea Eliade

Repasando la prensa de este día encuentro un artículo en el Feuilleton del Frankfurter Allgemeine cuyo tema veo que los otros diarios en los que me fijo han dejado escapar: los cien años del nacimiento de Mircea Eliade, filósofo, historiador de las religiones y novelista nacido en Bucarest hace cien años y fallecido en Chicago en 1986.


Da la casualidad que, sin habermelo propuesto para nada, le he rendido homenaje en estos días leyendo un tomo de entrevistas que el estudioso rumano concediera a Claude-Henri Rocquet hacia 1978 tituladas como “La prueba del laberinto” (entre lo mucho que aquí encuentro me entero en estas páginas de su admiración por Ortega y Gasset, Eugenio d’Ors y Unamuno).


Los escritos de Eliade tienen esa característica reservada a los clásicos: se desplazan por el tiempo sin llamar la atención. Sus libros no son novedad sin embargo nunca dejaran de faltar en una librería que se precie como tal. Títulos como “Lo sagrado y lo profano”, “Imágenes y símbolos” o su “Historia de las religiones” nos muestran perspectivas que no dejan de ser interesantes. A su figura intelecutal le acecha sin embargo una sombra, que muchas veces interfiere con la percepción de sus trabajos literarios y científicos: la de su acercamiento al fascismo de extrema derecha en los anõs treinta.

Por la información que la prensa proporciona tangencialmente, suponemos que los libros de Eliade se haran en este año algo más conocidos. Pero esto gracias al cine. El pasado febrero, en la Berlinale 2007, Francis Ford Coppola presentó su nuevo film “Youth without Youth”, una historia basada en un relato de Eliade (que no sé cómo se llama en español pero cuyo argumento no deja de llamar la atención: un profesor de 70 años es alcanzado por un rayo; no muere pero su vida altera su fluir natural; a partir de entonces, el anciano, en vez de seguir siendolo más cada minuto empieza a rejuvenecer. Puestos al tanto de este fenómeno los servicios secretos se interesan en el caso. El viejo profesor debe entonces huir…!).

El reparto de la película lo conforman Tim Roth, Marcel Iures, Bruno Ganz y Annamaria Lara.

Una aclaración de fechas. Compruebo que la fecha de nacimiento de Eliade que muestran varios documentos no coinciden. Donde me informo de su nacimiento señala el día diez, en otras el 13. En el libro que leo, dice Eliade en un fragmento: nací el 9 de marzo de 1907, un mes espantoso en la historia de Rumania.

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Tuesday, December 26, 2006

Fragmentos de “Mito y Realidad” - 1962
 
Escatología y cosmogonía

En una fórmula sumaria podría decirse que, para los primitivos, el Fin del Mundo ha tenido lugar ya, aunque deba reproducirse en un futuro más o menos alejado.

En efecto, los mitos de cataclismos cósmicos están extraordinariamente extendidos. Narran cómo el Mundo fue destruido y la humanidad aniquilada, a excepción de una pareja o de algunos supervivientes. Los mitos del Diluvio son los más numerosos y conocidos casi universalmente (aunque son sumamente raros en África). Al lado de los mitos diluvianos, otros relatan la destrucción de la humanidad por cataclismos de proporciones cósmicas: temblores de tierra, incendios, derrumbamiento de montañas, epidemias, etc. Evidentemente, este Fin del Mundo no fue radical: fue más bien el fin de una humanidad, seguido de la aparición de una humanidad nueva. Pero la inmersión total de la Tierra en las Aguas, o su destrucción por el Fuego, seguida por la emergencia de una Tierra virgen, simbolizan la regresión al Caos y la cosmogonía.

En un gran número de mitos, el Diluvio está unido a una falta ritual, que provocó la cólera del Ser Supremo; a veces resulta simplemente el deseo de un Ser divino de poner fin a la humanidad. Pero si se examinan los mitos que anuncian el próximo Diluvio, se comprueba que una de las causas principales reside en los pecados de los hombres y también en la decrepitud del Mundo. El Diluvio ha dado paso a la vez a una recreación del Mundo y a una regeneración de la humanidad. Dicho de otro modo: el Fin del Mundo en el pasado, y el que tendrá lugar en el futuro, representan la proyección gigantesca, a escala macrocósmica y con una intensidad dramática excepcional, del sistema mítico-ritual de la fiesta del Año Nuevo. Pero esta vez no se trata ya de lo que podría llamarse el «fin natural» del Mundo —«natural» porque coincide con el fin del Año y, por tanto, forma parte integrante del ciclo cósmico—, sino de una catástrofe real provocada por los Seres divinos. La simetría entre el Diluvio y la renovación anual del Mundo se ha percibido en algunos casos, muy raros (Mesopotamia, judaísmo, Mandan). Pero, por regla general, los mitos diluvianos son independientes de los escenarios mítico-rituales del Año Nuevo. Lo que se explica con facilidad si se tiene en cuenta que las fiestas periódicas de regeneración reactualizan simbólicamente la cosmogonía, la obra creadora de los dioses, y no la destrucción del viejo mundo: éste desaparecería de un modo «natural» por el simple hecho de que la distancia que le separaba de los «comienzos» había alcanzado el límite extremo.

En comparación con los mitos que narran el Fin del Mundo en el pasado, los mitos que se refieren a un Fin por venir son paradójicamente poco numerosos entre los primitivos. Como lo hace notar F. R. Lehmann, esta rareza se debe quizá al hecho de que los etnólogos no han planteado esta pregunta en sus encuestas. Es a veces difícil precisar si el mito concierne a una catástrofe pasada o por venir. Según el testimonio de E. H. Man, los andamaneses creen que después del Fin del Mundo hará su aparición una nueva humanidad, que gozará de una condición paradisíaca; no habrá ya ni enfermedades, ni vejez, ni muerte. Los muertos resucitarán después de la catástrofe. Pero, según A. Radcliffe Brown, Man habría combinado varias versiones, recogidas de informadores diferentes. En realidad, precisa Radcliffe Brown, se trata de un mito que relata el Fin y la recreación del mundo; pero el mito se refiere al pasado y no al futuro. Pero como, según la observación de Lehmann, la lengua andamanesa no posee tiempo futuro, es difícil decidir si se trata de un acontecimiento pasado o futuro.

Los más raros entre los mitos primitivos del Fin son aquellos que no presentan indicaciones precisas concernientes a la eventual recreación del Mundo. Así, en la creencia de los Kai de Nueva Guinea, el Creador, Mâlengfung, después de haber creado el Cosmos y al hombre, se retiró a las extremidades del Mundo, en el horizonte, y allí se durmió. Cada vez que en su sueño se da una vuelta, la Tierra tiembla. Pero un día se levantará de su lecho y destruirá el Cielo, que se estrellará contra la Tierra y pondrá fin a toda vida. En una de las islas Carolinas, Namolut, se registra la creencia de que el Creador arruinará un día a la humanidad a causa de sus pecados. Pero los dioses continuarán existiendo —y esto implica la posibilidad de una Nueva Creación —. En otra de las islas Carolinas, Aurepik, es el hijo del Creador el responsable de la catástrofe. Cuando se dé cuenta de que el jefe de una isla no se ocupa de sus súbditos, sumergirá la isla por medio de un ciclón. Aquí aún no es seguro que se trate de un fin definitivo: la idea de un castigo de los «pecados» implica generalmente la creación ulterior de una nueva humanidad.

Más difíciles de interpretar son las creencias de los Negritos de la península de Malaca. Estos saben que un día Karei pondrá fin al Mundo porque los humanos no respetan sus preceptos. Por ello, durante la tormenta los Negritos se esfuerzan en prevenir la catástrofe haciendo ofrendas expiatorias de sangre. La catástrofe será universal, sin distinción de pecadores y de no pecadores, y no preludiará, según parece, a una Nueva Creación. Por ello, los Negritos llaman a Karei «malo», y los Ple-Sakai ven en él al adversario que les ha «robado el Paraíso».

Un ejemplo particularmente impresionante es el de los Guaraníes del Mato Grosso. Conocedores de que la Tierra será destruida por el fuego y por el agua, partieron en busca del «país sin pecado», especie de Paraíso terrestre, situado al otro lado del Océano. Estos largos viajes, inspirados por los chamanes y efectuados bajo su dirección, comenzaron en el siglo XIX y han durado hasta 1912. Ciertas tribus creían que la catástrofe sería seguida de una renovación del Mundo y del retorno de los muertos. Otras tribus esperaban y deseaban el fin definitivo del Mundo Nimuendaju escribía en 1912: «No sólo los Guaraní, sino toda la naturaleza está vieja y fatigada de vivir. Más de una vez los medicine-men, cuando encontraban en sueños a Nanderuvuvu, oyeron a la Tierra implorarle: “He devorado demasiados cadáveres; estoy harta y agotada. ¡Padre, haz que esto acabe!” El agua, por su parte, suplica al Creador que le conceda el reposo y aleje de ella toda agitación, igual que los árboles (…) y la naturaleza entera».

Difícilmente se encontrará una expresión más conmovedora de la fatiga cósmica, del deseo de reposo absoluto y de la muerte. Pero se trata del inevitable desencanto que sigue a una larga y vana exaltación mesiánico. Desde hace un siglo, los Guaraní buscaban el Paraíso terrestre, cantando y danzando. Habían revalorizado e integrado el mito del Fin del Mundo en una mitología milenarista.

La mayoría de los mitos americanos del Fin implican, bien una teoría cíclica (como la de los aztecas); bien la creencia de que la catástrofe será seguida de una Nueva Creación; bien, finalmente (en ciertas regiones de América del Norte), la creencia en una regeneración universal efectuada sin cataclismo. (En este proceso de regeneración sólo perecerán los pecadores.) Según las tradiciones aztecas, ha habido ya tres o cuatro destrucciones del Mundo, y la cuarta (o la quinta) se espera para el futuro. Cada uno de estos Mundos está regido por un «Sol», cuya caída o desaparición marca el Fin.

Nos es imposible enumerar aquí todos los demás mitos importantes de las dos pareja que repoblará el Mundo. Así, los Choktaw creen que el Mundo será destruido por el fuego, pero los espíritus retornarán, los huesos se recubrirán de carne y los resucitados habitarán de nuevo sus antiguos territorios. Se encuentra un mito similar entre los esquimales: los hombres resucitarán de sus huesos (creencia específica en las culturas de cazadores). La creencia de que la catástrofe es la consecuencia fatal de la «vejez» y de la decrepitud del Mundo parece bastante extendida. Según los Cherokees, «cuando el Mundo esté viejo y gastado, los hombres morirán, las cuerdas se romperán y la Tierra se hundirá en el Océano» (se imaginan a la Tierra como una gran isla suspendida de la bóveda celeste por cuatro cuerdas). En un mito Maidu, el Creador de la Tierra asegura a la pareja que había creado que «cuando el mundo esté demasiado gastado, lo reharé por completo, y cuando lo haya rehecho, conoceréis un nuevo nacimiento». Uno de los principales mitos cosmogónicos de los Kato, tribu Athapasca, comienza con la creación de un nuevo cielo para reemplazar al viejo, cuyo desmoronamiento parece inminente. Como hace notar Alexander, a propósito de los mitos cosmogónicos de la costa del Pacífico, «muchos de los relatos concernientes a la creación parecen reducirse de hecho a tradiciones relativas a la recreación de la Tierra después de la gran catástrofe; algunos mitos, sin embargo, evocan ya la creación, ya la recreación».

En suma, estos mitos del Fin del Mundo, que implican más o menos claramente la recreación de un Universo nuevo, expresan la misma idea arcaica, y extraordinariamente extendida, de la «degradación» progresiva del Cosmos, que necesita su destrucción y recreación periódicas. De estos mitos de una catástrofe final, que será al mismo tiempo el signo anunciador de la inminente recreación del Mundo, es de donde han salido y se han desarrollado en nuestros días los movimientos proféticos y milenaristas de las sociedades primitivas. Volveremos sobre estos milenarismos primitivos, pues constituyen, con el quiliasmo marxista, las únicas revalorizaciones positivas modernas del mito del Fin del Mundo. Pero, ante todo, tenemos que recordar brevemente cuál era el lugar que ocupaba el mito del Fin del Mundo en las religiones más complejas.

El fin del mundo en las religiones orientales

Muy probablemente, la doctrina de la destrucción del mundo (pralaya) era ya conocida en los tiempos védicos (Atharva Veda, X, 8, 39-40). La conflagración universal (ragnarök), seguida de una nueva creación, forma parte de la mitología germánica. Estos hechos parecen indicar que los indoeuropeos no ignoraban el mito del Fin del Mundo. Recientemente, Stig Wikander ha indicado la existencia de un mito germánico sobre la batalla escatológica en todo similar a los relatos paralelos indios e iranios. Pero a partir de los Brâhmanas y, sobre todo, en los Purânas, los indios desarrollaron laboriosamente la doctrina de las cuatro yugas, las cuatro Edades del Mundo. Lo esencial de esta teoría es la creación y destrucción cíclica del Mundo —y la creencia en la «perfección de los comienzos»—. Como los budistas y los jainas comparten las mismas ideas, se puede sacar la conclusión de que la doctrina de la eterna creación y destrucción del Universo es una idea panindia.

Como hemos discutido este problema en “El mito del eterno retorno” no volveremos a tratarlo aquí. Recordemos únicamente que un «ciclo» completo termina por una «disolución», un pralaya, que se repite de una manera más radical (mahâpralaya, la «gran disolución») al fin del milésimo ciclo. Según el Mahâbharata y los Purânas, el horizonte se inflamará, siete o doce soles aparecerán en el firmamento y secarán los mares, quemarán la Tierra. El fuego Samvartaka (el Fuego del incendio cósmico) destruirá el Universo por completo. A continuación, una lluvia diluvial caerá ininterrumpidamente durante doce años, y la Tierra quedará sumergida y la humanidad aniquilada (Visnu Purâna, 24, 25). En el Océano, sentado sobre la serpiente cósmica Çesha, Visnú duerme sumergido en el sueño yoga (Visnu Purâna, VI, 4, 1-11). Y luego todo recomenzará de nuevo ad infinitum.

En cuanto al mito de la «perfección de los comienzos», se le reconoce fácilmente en la pureza, inteligencia, beatitud y longevidad de la vida humana durante el krta yuga, la primera edad. En el curso de los yugas siguientes se asiste a una deterioración progresiva tanto de la inteligencia y de la moral del hombre como de sus dimensiones corporales y de su longevidad. El jainismo expresa la perfección de los comienzos y la decadencia ulterior en términos grotescos. Según Hemacandra, al principio el hombre tenía una estatura de seis millas y su vida duraba cien mil purvas (un purva equiva a 8.400.000 años). Pero al fin del ciclo su estatura alcanza apenas siete codos y su vida no sobrepasa los cien años (Jacobi, en Ere, 1, 202). Los budistas insisten asimismo en el decrecimiento prodigioso de la duración de la existencia humana: ochenta mil años, e incluso más («inconmensurable», según ciertas tradiciones), al principio del ciclo, y diez años al final.

La doctrina india de las edades del Mundo, es decir, la eterna creación, deteriorización, destrucción y recreación del Universo, recuerda en cierta medida la concepción primitiva de la renovación anual del Mundo, pero con diferencias importantes. En la teoría india, el hombre no desempeña ningún papel en la recreación periódica del Mundo; en el fondo, el hombre no desea esa eterna recreación; persigue la evasión del ciclo cósmico. Y aún más: los propios dioses no parecen ser auténticos creadores; son más bien los instrumentos por medio de los cuales se opera el proceso cósmico. Se ve, pues, que para la India no hay, propiamente hablando, un fin radical del Mundo; no hay más que intervalos más o menos largos entre el aniquilamiento de un Universo y la aparición de otro. El «Fin» no tiene sentido más que en lo que concierne a la condición humana; el hombre puede parar el proceso de la transmigración, en el que se encuentra arrastrado ciegamente.

El mito de la perfección de los comienzos está claramente atestiguado en Mesopotamia, entre los israelitas y los griegos. Según las tradiciones babilonias, los ocho o diez reyes antediluvianos reinaron entre diez mil ochocientos y setenta y dos mil años; por el contrario, los reyes de las primeras dinastías posdiluvianas no sobrepasaron los mil doscientos años.

Añadamos que los babilonios conocían asimismo el mito de un Paraíso primordial y habían conservado el recuerdo de una serie de destrucciones y recreaciones (siete, probablemente) sucesivas de la raza humana. Los israelitas compartían ideas similares: la pérdida del Paraíso original, el decrecimiento progresivo de la longitud de la vida, el diluvio que destruyó totalmente la humanidad, a excepción de algunos privilegiados. En Egipto, el mito de la «perfección de los comienzos» no está atestiguado, pero se encuentra la tradición legendaria de la duración fabulosa de la vida de los reyes anteriores a Menes.

En Grecia encontramos dos tradiciones míticas distintas pero solidarias: en primer lugar, la teoría de las edades del Mundo, que comprendía el mito de la perfección de los comienzos, y en segundo lugar, la doctrina cíclica. Hesiodo es el primero que describe la degeneración progresiva de la humanidad en el curso de las cinco edades (Trabajos, 109-201). La primera, la Edad de Oro, bajo el remo de Cronos, era una especie de Paraíso: los hombres vivían largo tiempo, no envejecían jamás y su existencia se asemejaba a la de los dioses. La teoría cíclica hace su aparición con Heráclito (cf. 66 [22 Bywater]), que tendrá una gran influencia sobre la doctrina estoica del Eterno Retorno. Ya en Empédocles se constata la asociación de estos dos temas míticos, las edades del Mundo y el ciclo ininterrumpido de creaciones y destrucciones. No tenemos que discutir las diferentes formas que adoptaron estas teorías en Grecia, sobre todo después de las influencias orientales. Baste recordar que los estoicos tomaron de Heráclito la idea del Fin del Mundo por el fuego (ekpyrosis) y que Platón (Timeo, 22 C) conocía ya, como una alternativa, el Fin por el Diluvió. Estos dos cataclismos señalaban el ritmo en cierto modo al Gran Año (el magnus annus). Según un texto perdido de Aristóteles (Protrept.), las dos catástrofes tenían lugar en los dos solsticios: la conflagratio en el solsticio de verano, el diluvium en el solsticio de invierno.

Apocalipsis judeocristianos

Se encuentran algunas de estas imágenes apocalípticas del Fin del Mundo en las visiones escatológicas judeocristianas. Pero el judeocristianismo presenta una innovación capital. El Fin del Mundo será único, así como la cosmogonía ha sido única. El Cosmos que reaparecerá después de la catástrofe será el mismo Cosmos creado por Dios al principio del Tiempo, pero purificado, regenerado y restaurado en su gloria primordial. Este Paraíso terrestre ya no se destruirá, ya no tendrá fin. El Tiempo no es ya el Tiempo circular del Eterno Retorno, sino un tiempo lineal e irreversible. Más aún: la escatología representa asimismo el triunfo de una Historia Sagrada. Así, pues, el Fin del Mundo revelará el valor religioso de los actos humanos, y los hombres serán juzgados según sus actos. No se trata ya de una regeneración cósmica que implique asimismo la regeneración de la colectividad (o de la totalidad de la especie humana). Se trata de un Juicio, de una selección: sólo los elegidos vivirán en una eterna beatitud. Los elegidos, los buenos, se salvarán por su fidelidad a una Historia Sagrada: en pugna con los poderes y las tentaciones de este mundo, permanecieron fieles al reino celeste.

Otra diferencia con las religiones cósmicas: para el judeocristianismo, el Fin del Mundo forma parte del misterio mesiánico. Para los judíos, la llegada del Mesías anunciará el Fin del Mundo y la restauración del Paraíso. Para los cristianos, el Fin del Mundo procederá a la segunda venida de Cristo y al Juicio Final. Pero tanto para los unos como para los otros el triunfo de la Historia Sagrada —manifestado por el Fin del Mundo— implica en cierto modo la restauración del Paraíso. Los profetas proclaman que el Cosmos será renovado: habrá un Cielo nuevo y una Tierra nueva. Habrá abundancia de todo, como en el jardín del Edén. Las fieras salvajes vivirán en paz unas con otras «bajo la guía de un joven» (Isaías, XI, 6). Las enfermedades y las dolencias desaparecerán para siempre: el cojo saltará como un ciervo, los oídos de los sordos se abrirán y no habrá ya llantos ni lágrimas (Isaías, XXX, 19; XXXV, 3 ss.). El nuevo Israel se construirá en el monte Sión, porque el Paraíso se encontraba en una montaña (Isaías, XXXV, 10; Ps. XLVIII, 2). Para los cristianos también la renovación total del Cosmos y la restauración del Paraíso son los rasgos característicos del eschaton. Se dice en el Apocalipsis de San Juan (XXI, 1-5): «… puesto que veo un cielo nuevo, una tierra nueva —el primer cielo, en efecto, y la primera tierra han desaparecido— (…). Oí entonces una voz que clamaba desde el trono: No habrá ya más muerte, grito ni pena, pues el antiguo mundo se ha ido. Entonces el que se sienta sobre el trono declaró: He aquí que yo hago el universo nuevo.»

Pero esta Nueva Creación se levantará sobre las ruinas de la primera. El síndrome de la catástrofe final recuerda las descripciones indias de la destrucción del universo. Habrá sequía y hambre, y los días se acortarán. La época que precede inmediatamente al fin será dominada por el Anticristo. Pero Cristo vendrá y purificará al Mundo por medio del fuego. Como dice Efrén el sirio: «El mar rugirá y después se secará, el cielo y la tierra se disolverán, se extenderán por todas partes el humo y las tinieblas. Durante cuarenta días el Señor enviará fuego sobre la tierra para purificarla de la mancilla del vicio y del pecado». El fuego destructor está atestiguado una sola vez en el Nuevo Testamento, en la Segunda Epístola de Pedro (III, 6-14). Pero constituye un elemento importante en los oráculos sibilinos, el estoicismo y la literatura cristiana posterior. Es probablemente de origen iranio.

El reino del Anticristo equivale en cierto modo a un retorno al caos. Por una parte, el Anticristo se presenta bajo la forma de un dragón o de un demonio, y esto recuerda el viejo mito del combate entre Dios y el Dragón. El combate había tenido lugar al principio, antes de la Creación del Mundo, y tendrá lugar de nuevo al fin. Por otra parte, cuando el Anticristo sea considerado como el falso Mesías, su reino representará la total subversión de los valores sociales, morales y religiosos; dicho de otro modo: el retorno al Caos. En el curso de los siglos, el Anticristo se identificó con diferentes personajes históricos desde Nerón hasta el Papa (por Lutero). Interesa subrayar un hecho: ciertas épocas históricas, particularmente trágicas, se consideraron como dominadas por el Anticristo —pero se mantenía siempre la esperanza de que su reino anunciaría al mismo tiempo la inminente venida de Cristo—. Las catástrofes cósmicas, las plagas, el terror histórico, el triunfo aparente del mal, constituían el síndrome apocalíptico que debía preceder al retorno de Cristo y el milenio.

Milenarismos cristianos

El cristianismo, convertido en religión oficial del Imperio romano, condenó el milenarismo como herético, a pesar de que Padres ilustres lo hubieran profesado en el pasado. Pero la Iglesia había aceptado la Historia, y el eschaton no era ya el acontecimiento inminente que fue durante las persecuciones. El Mundo, este mundo de aquí, con todos sus pecados, sus injusticias y sus crueldades, continuaba. Sólo Dios conocía la hora del Fin del Mundo, y sólo una cosa parecía cierta: este fin no era inminente. Con el triunfo de la Iglesia, el Reino celeste se encontraba ya sobre la Tierra y en un cierto sentido el viejo mundo había sido ya destruido. Se reconoce en el antimilenarismo oficial de la Iglesia la primera manifestación de la doctrina del progreso. La Iglesia había aceptado el Mundo tal como era, tratando de hacer la existencia humana un poco menos desgraciada de lo que era en las grandes crisis históricas. La Iglesia había tomado esta posición contra los profetas, los visionarios, los apocalípticos de toda suerte.

Algunos siglos más tarde, después de la irrupción del Islam en el Mediterráneo, pero sobre todo después del siglo XI, los movimientos milenaristas y escatológicos reaparecieron, dirigidos esta vez contra la Iglesia o contra su jerarquía. Un cierto número de notas comunes se destacan en estos movimientos: sus inspiradores esperan y proclaman la restauración del paraíso sobre la Tierra, después de un período de prueba y de terribles cataclismos. El Fin inminente del Mundo también era esperado por Lutero.

Durante siglos encontramos, en diferentes repeticiones, la misma idea religiosa: este mundo de aquí —el Mundo de la Historia— es injusto, abominable, demoníaco; felizmente, está ya descomponiéndose, las catástrofes han comenzado, este viejo mundo se resquebraja por todos lados; en muy breve plazo, será destruido, las fuerzas de las tinieblas serán vencidas definitivamente y los «buenos» triunfarán, el Paraíso será recobrado. Todos los movimientos milenaristas y escatológicos dan prueba de optimismo. Reaccionan frente al terror de la historia con una fuerza que sólo puede suscitar la extrema desesperación.
Pero, después de siglos, las grandes confesiones cristianas no conocen ya la tensión escatológica. La espera del Fin del Mundo y la inminencia del juicio final no caracterizan ninguna de las grandes Iglesias cristianas. El milenarismo sobrevive penosamente en algunas sectas cristianas recientes.

La mitología escatológica y milenarista ha hecho su reaparición estos últimos tiempos en Europa en dos movimientos políticos totalitarios. A pesar de estar radicalmente secularizados en apariencia, el nazismo y el comunismo están cargados de elementos escatológicos, anuncian el fin de este mundo y el principio de una era de abundancia y beatitud. Norman Cohn, el autor del libro más reciente sobre el milenarismo, escribe a propósito del nacional-socialismo y del marxismo-leninismo: «Mediante la jerga seudocientífica de que uno y otro se sirven, se encuentra una visión de las cosas que recuerda especialmente las lucubraciones a las que se entregaba la gente en la Edad Media. La lucha final, decisiva, de los elegidos (ya sean “arios” o “proletarios”) contra las huestes del demonio (judíos o burgueses); la alegría de dominar el mundo, o la de vivir en la igualdad absoluta, o las dos a la vez, concedida, según un decreto de la Providencia, a los elegidos, que encontrarán así una compensación a todos sus sufrimientos; el cumplimiento de los últimos designios de la historia de un universo al fin desprovisto de mal, he aquí algunas viejas quimeras que todavía hoy nos acarician».

El milenarismo en los “primitivos”

Pero es especialmente fuera del mundo occidental donde el mito del Fin del Mundo conoce, en nuestros días, un desarrollo extraordinario. Se trata de los innumerables movimientos nativistas y milenaristas, de los cuales los más conocidos son los «cargo cults» melanesios, pero que se encuentran también en otras regiones de Oceanía y asimismo en las antiguas colonias europeas de África. Con mucha probabilidad, la mayoría de estos movimientos surgieron después de contactos más o menos prolongados con el cristianismo. Aunque sean casi siempre antiblancos y anticristianos, la mayoría de estos milenarismos aborígenes comportan elementos escatológicos cristianos. En algunos casos, los aborígenes se revelan contra los misioneros precisamente porque estos últimos no se conducen como verdaderos cristianos y no creen, por ejemplo, en la inminente venida de Cristo y en la resurrección de los muertos. En Melanesia, los «cargo cults» han asimilado los mitos y los rituales del Año Nuevo. Como hemos visto ya, las fiestas del Año Nuevo implican la recreación simbólica del Mundo. Los adictos a los «cargo cults» creen también que el Cosmos será destruido y recreado y que la tribu recobrará una especie de Paraíso: los muertos resucitarán y no habrá ni muerte ni enfermedad. Pero, como en la escatología indoirania y judeocristiana, esta Nueva Creación —de hecho, esta recuperación del Paraíso— estará precedida de una serie de catástrofes cósmicas: la Tierra temblará, habrá lluvias de llamas, las montañas se desplomarán y llenarán los valles, los blancos y los aborígenes no afectos al culto serán aniquilados, etc.

La morfología de los milenarismos primitivos es sumamente rica y compleja. Para nuestro propósito nos interesa poner de relieve algunos hechos : 1.°, los movimientos milenaristas pueden considerarse como un desarrollo del escenario míticoritual de la periódica renovación del Mundo; 2.°, la influencia, directa o indirecta, de la escatología cristiana parece estar siempre fuera de duda; 3.°, a pesar de estar atraídos por los valores occidentales y desear apropiarse tanto la religión y la educación de los blancos como sus riquezas y sus armas, los adictos a estos movimientos milenaristas son antioccidentales; 4.°, tales movimientos están siempre promovidos por fuertes personalidades religiosas de tipo profético y organizados o amplificados por políticos o con fines políticos; 5.°, para todos estos movimientos, el milenio está inminente, pero no se instaurará sin cataclismos cósmicos o catástrofes históricas.

Es inútil insistir sobre el carácter político, social y económico de tales movimientos: es evidente. Pero su fuerza, su irradiación, su creatividad no residen únicamente en estos factores socioeconómicos. Se trata de movimientos religiosos. Los afectos a ellos esperan y proclaman el Fin del Mundo para alcanzar una mejor condición económica y social —pero, sobre todo, porque esperan una recreación del Mundo y una restauración de la beatitud humana—. Tienen hambre y sed de los bienes terrestres — pero también de la inmortalidad, de la libertad y de la beatitud paradisíaca—. Para ellos, el Fin del Mundo hará posible la instauración de una existencia humana beatífica, perfecta y sin fin.

Añadamos que, incluso allí donde no se habla de un fin catastrófico, la idea de una regeneración, de una recreación del Mundo, constituye el elemento esencial del movimiento. El profeta o el fundador del culto proclama el inminente «retorno a los orígenes» y, por consiguiente, la recuperación del estado «paradisíaco» inicial. Indudablemente, en muchos casos este estado paradisíaco «original» representa la imagen idealizada de la situación cultural y económica anterior a la llegada de los blancos. No es el único ejemplo de una mitificación del «estado originario», de la «historia antigua» concebida como una Edad de Oro. Pero lo que interesa a nuestro propósito no es la realidad «histórica», que se llega a veces a aislar y a separar de esta imaginería exuberante, sino el hecho de que el Fin del Mundo —el de la colonización— y la espera de un Nuevo Mundo implican un retorno a los orígenes. El personaje mesiánico se identifica con el Héroe cultural o el Antepasado mítico cuyo retorno se esperaba. Su llegada equivale a una reactualización de los Tiempos míticos del origen y, por tanto, a una recreación del Mundo. La independencia política y la libertad cultural proclamadas por los movimientos milenaristas de los pueblos coloniales se conciben como una recuperación de un estado beatífico original. En suma: incluso sin destrucción apocalíptica visible, este mundo, el viejo mundo, se abolirá simbólicamente y el Mundo paradisíaco del origen se instauará en su lugar.

El “fin del mundo” en el arte moderno

Las sociedades occidentales no tienen nada comparable al optimismo de que da muestras la escatología comunista, de manera similar a los milenarismos primitivos. Por el contrario, existe hoy día el miedo, cada vez más amenazador, de un Fin catastrófico del Mundo producido por las armas termonucleares. En la conciencia de los occidentales, este fin será radical y definitivo; no le seguirá una Nueva Creación del Mundo. No nos es posible emprender aquí un análisis sistemático de las múltiples expresiones del miedo atómico moderno. Pero otros fenómenos culturales occidentales nos parecen significativos para nuestra investigación. Me refiero especialmente a la historia del arte occidental. Desde principios de siglo las artes plásticas, así como la literatura y la música, han conocido transformaciones tan radicales que se ha podido hablar incluso de una «destrucción del lenguaje artístico». Comenzada en la pintura, esta «destrucción del lenguaje» se ha extendido a la poesía, a la novela y, recientemente, con Ionesco, al teatro. En ciertos casos se trata de una verdadera destrucción del Universo artístico establecido. Al contemplar algunas obras recientes, se tiene la impresión de que el artista ha querido hacer tabula rasa de toda la historia de la pintura. Mas que una destrucción, es una regresión al Caos, a una especie de massa confusa primordial. Y, sin embargo, ante tales obras, se adivina que el artista está a la búsqueda de algo que no se ha expresado aún. Le era preciso reducir a la nada las ruinas y los escombros acumulados por las revoluciones plásticas precedentes; le era preciso llegar a una modalidad gremial de la materia para poder recomenzar a cero la historia del arte. En muchos artistas modernos se nota que la «destrucción del lenguaje plástico» no es sino la primera fase de un proceso más complejo y que la recreación de un nuevo Universo debe seguir necesariamente.

En el arte moderno, el nihilismo y el pesimismo de los primeros revolucionarios y demoledores representan actitudes ya pasadas. En nuestros días, ningún gran artista cree en la degeneración y desaparición inminente de su arte. Desde este punto de vista, su actitud se parece a la de los «primitivos»: han contribuido a la destrucción del Mundo —es decir, a la destrucción de su Mundo, de su Universo artístico— con el fin de crear otro. Ahora bien: este fenómeno cultural es sumamente importante, pues son principalmente los artistas los representantes de las verdaderas fuerzas creadoras de una civilización o de una sociedad. Por su creación, los artistas anticipan lo que sucederá — a veces una o dos generaciones más tarde— en los demás sectores de la vida social y cultural.

Es significativo que la destrucción de los lenguajes artísticos haya coincidido con el desarrollo del psicoanálisis. La psicología de las profundidades ha valorizado el interés por los orígenes, interés que tan bien caracteriza al hombre de las sociedades arcaicas. Sería apasionante estudiar de cerca el proceso de revalorización del mito del Fin del Mundo en el arte contemporáneo. Se constataría que los artistas, lejos de ser los neuróticos de los que se nos habla a veces, son, al contrario, mucho más sanos psíquicamente que muchos hombres modernos. Han comprendido que un verdadero recomienzo no puede tener lugar más que después de un fin verdadero. Y son los artistas los primeros de los modernos que se han dedicado a destruir realmente su Mundo para recrear un Universo artístico en el que el hombre pueda a la vez existir, contemplar y soñar.

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Mircea Eliade es quizás el máximo historiador de las religiones del siglo pasado. En sus obras supo consumar algo aconsejado por Walter Otto: intuir la experiencia viva que subyace en los mitos y el universo de los dioses. Muchas de sus obras son de lectura esencial para quienes deseen adentrarse seriamente en el mundo de la mitología y la historia de las religiones: El mito del eterno retorno; Tratado de historia de las religiones; Mito y Realidad; Sobre Herreros y alquimistas; El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis. Y la obra colectiva que dirigió en la Universidad de Chicago donde enseñó e investigó en sus últimos años: Tratado de las ideas y creencias religiosas. 

   Aquí editamos un artículo de uno de sus más cercanos colaboradores, J. P. Couliano, quien traza una sustantiva perspectiva biográfica de Eliade y se adentra en los sentidos fundamentales de su cosmovisión nutrida por el pensamiento simbólico y mítico. Mircea Eliade fue también escritor, un temperamento artístico. Quizá eso explique su lucidez para entender que los mitos no son alocada fábula sino la expresión de un universo de divinas fuerzas creadoras.

 El artículo de Couliano (en traducción del cuaderno Homo religiosus. Dialogues avec le sacré Paris, 1994, realizada por F. Schwartz) nos ha sido cedido gentilmente por la página El hilo de Ariadna, importante sitio abocado a la recopilación de textos sobre mitología y religión.

E.I

MIRCEA ELIADE Y EL IDEAL DEL HOMBRE UNIVERSAL
                                                                                                                                           Por J. P. Couliano

EL ITINERARIO

Nacido el 9 de Marzo de 1907,su padre era oficial de carrera, Mircea Eliade iba a manifestar una aptitud precoz para los estudios enciclopédicos. Habiendo empezado por artículos de entomología en un periódico de divulgación científica, iba a festejar pronto la aparición de su quinto artículo. Su adolescencia está marcada por dos actitudes complementarias: crisis de desesperación melancólica y rebeliones heroicas contra ellas y contra las limitaciones de la condición humana en general. Se acostumbra a dormir sólo cinco horas por la noche e incluso a ingerir substancias repulsivas para dormir así su voluntad. Después de Honoré de Balzac, su primera pasión literaria, descubre a Giovanni Papini y se reconoce a él mismo en el “hombre finito” (uomo finito) hasta llegar a perder su propia identidad. En esta época se apasiona ya por la historia de las ciencias sagradas-sobre todo la alquimia- por el orientalismo y la historia de las religiones.

Habiendo comenzado sus estudios universitarios de filosofía en 1925, fue llamado por su profesor Nae Ioneseu (1890-1940), un joven sabio de aspecto e inteligencia mefistofélicos que iba a llegar a ser poco después uno de los corifeos del movimiento tradicionalista de Rumania. En este momento, Nae Ionescu repartía su tiempo entre sus cursos de metafísica y de lógica y el periódico “Cuvántul” (El Verbo), de orientación política nacionalista. En un panorama político dominado por el partido liberal, los nacionales-campesinos se situaban a la izquierda del gobierno y basaban sus proyectos de reformas económicas y sociales en la idea del bienestar de la clase mayoritaria, que era la de los campesinos.

Sin interesarse directamente por la política, Mircea Eliade, que iba pronto a llegar a ser redactor en el “Cuvántal”, era un demócrata nato. Una visita a Italia, que iba a proporcionarle el encuentro soñado con su ídolo Giovanni Papini, y sus encuentros con los sabios Ernesto Buonaiuti y Virgilio Macchioro, le brindan la ocasión de condenar, en un artículo, el régimen de Musolini. A Virgilio Macchioro, que le proporcionó las informaciones, se le expulsó, por lo que al punto el ingenuo y joven Eliade decidió no ocuparse nunca jamás directamente de política.

En Italia supo de la existencia de Surendranath Dasgupta, gran historiador de la cultura india, y de la generosidad del maharadjah de Kassimbazaar. Escribió a éste para pedirle una beca para la India, para conocer las prácticas del yoga. Se le concedió la beca y, en 1929, Mircea Eliade, con sus 22 años, fue a Calcuta, donde vivió primero en una pensión anglo-india, y se mudó después a casa de su gurú Dasgupta. Un amor desgraciado le aleja sin embargo de la casa del gurú y se retira a Rishikesh en el ashram himalayo de Shri Shivananda. Un nuevo amor, y la necesidad de cumplir el servicio militar en Rumania, le obligan a abandonar el ashram y a volver a Bucarest, donde acababa de aparecer su primera novela “Isabel y las aguas del diablo 1930.

En Rumania la celebridad y una larga serie de desilusiones acompañan a Eliade habiendo hecho el doctorado en filosofía con una primera versión de este libro que, publicado conjuntamente por P. Geuthner en 1936, que iba a representar hasta ese momento la única obra de síntesis sobre el yoga. Eliade se consagra a la vez a la carrera de novelista y a la de profesor universitario, llegando a sustituir a Nae Ionescu en la Facultad de Letras. En 1933, es el éxito -de prestigio y de público- de su novela autobiográfica “Maytreyl”, traducido en 1950 al francés con el título “La Noche Bengalí”. Poco después, ensayos, memorias, novelas y escritos científicos se suceden ininterrumpidamente: 22, de 1932 a 1943.

Muchos son colección de artículos; en efecto, hasta 1943, había más de un millar, y Eliade apenas si había llegado a la madurez.
Decepcionado por el partido nacional-campesino que había llegado al poder y por el rey que le había hecho volver a Rumania, el profesor Nae Ionescu entra en contacto poco a poco con la organización extremista La Guardia de hierro, de Cornelio Zelia-Codreanu (1899-1938). Por ello el periódico Cuvántal estuvo cerrado, casi sin interrupción, a partir de 1933. Ideólogo de una revolución ortodoxa que iba a restaurar los valores de la espiritualidad autóctona, Nae Ionescu, bien conocedor del hebreo y de la cultura judía, termina por asumir insensiblemente posiciones vagamente antisemitas. Su discípulo Mircea Eliade se lo reprocha en una célebre polémica del año 1934. En efecto, Eliade siempre se había colocado en posiciones democráticas, rehusando caer en los excesos de sus amigos de la derecha o de la izquierda comunista. Estaba cansado de uno y de otros, puesto que participaba en un círculo de conferencias llamado Criterion, cuyo fin era justamente representar todos los puntos de vista en un debate auténticamente pluralista. Por desgracia, desde 1934, los puntos de vista se radicalizan, Eliade se ve encasillado en un no man’s land por sus amigos de la izquierda y de la extrema derecha, unos le reprochan sistemáticamente su espiritualidad”, los otros su postura en el “problema judío”. Y sin embargo, Eliade terminará por ser considerado de moduabusino como hombre de derechas, a causa de la política cada vez más radical de su maestro Nae Ionescu. Así, durante las grandes purgas organizadas por el rey Carlos III, fue internado en un campo de concentración, después del arresto de Nae Ionescu. Puesto en libertad, es víctima sin embargo de este malentendido que le causó el arresto. Poco después, en los Idus de Marzo de 1940, Nae Ionescu caía, probablemente víctima de uno de estos servicios de espionaje extranjeros y que se daban cuenta de la enorme importancia económica y estratégica de Rumania a principios de la guerra. El 10 de abril de 1940, Mircea Eliade es nombrado Consejero cultural de la Embajada rumana en Londres por el gobierno del liberal anglófilo C. Tatarescu, siendo Ministro de Cultura el historiador liberal C.C. Guiresco. Cuando, el 10 de febrero de 1941, Inglaterra rompe las relaciones diplomáticas con Rumania Eliade será destinado a Lisboa mientras dura la guerra.
La experiencia portuguesa es fundamental para la posición política asumida por Eliade en esta época trágica. Demócrata convencido, se ve obligado a aceptar la realidad de la dictadura, pues Rumania había pasado de la dictadura real de 1938-40 a la dictadura militar de 1941-44. Por otro lado, en Portugal, cae de pleno en una dictadura próspera en el momento y, según la confusión de sus mismos adversarios, tan “democrática” como posible, y de ella puede admirar” lo mismo una posición moderada dentro de una política extremista que el rechazo orgulloso del antisemitismo bajo todas sus formas. Salazar, ¡qué gran ejemplo de equilibrio para esta dictadura militar rumana que es cada vez más presa de las amenazas y de las promesas de Hitler, este Hitler que el líder portugués se permitía criticar en público, afirmando que la ocupación de Europa por los ejércitos nazis constituían la mayor desgracia de la civilización occidental! Por ello, Eliade describe la experiencia portuguesa en un libro aparecido en Rumania en 1942, con el fin de persuadir al dictador de su propio país para que asuma una actitud menos rígida con respecto a las peticiones alemanas. El mismo Salazar, con quien se iba a encontrar en agosto de 1942, considera como una locura la guerra en Rusia y declara que, si fuera Antonesco, se preocupara de que el ejército se quedara en el país. Mircea Eliade vuelve a Bucarest para tratar de transmitir este importante consejo al líder rumano, pero ni tan siquiera puede llegar a su antecámara. Es su última visita a suelo rumano.
El fin de la guerra le coge en París, ante las dificultades del exilio, que afronta solo, su primera mujer muere durante la guerra.
El enorme éxito de sus primeras obras científicas no le asegura sin embargo un puesto en el CNRS, la sospecha, infundada pero alimentada por la embajada de Rumania, y pensando sobre él de que había sido miembro de “la Guardia de Hierro…El 9 de enero de 1950, se casa con Christinel Cottesco, la inseparable compañera de su vida y de su trabajo en sus últimos treinta y cinco años. Amigo de Carl Gustav Jung, participa en las conferencias Eranos en Ascona y obtiene una modesta beca de la Fundación Bollingen de New York, que le permite vivir hasta 1955, cuando, invitado a Chicago para hacerse cargo de las célebres Haskell Lectures, ocupará la cátedra vacante del gran sociólogo y fenomenólogo de las religiones Joachim Wach. Establecido en los Estados Unidos, Mircea Eliade,” va además a alcanzar una gloria permanente merecida por su originalidad, su erudición innegable y la profundidad de sus 30 volúmenes, aparecidos después de la guerra “y traducidos a 18 lenguas. Propuesto dos veces para el premio Nobel de Literatura, Mircea Eliade recibirá igualmente las más altas distinciones académicas y honoríficas en Francia, Estados Unidos, y en otros países de Europa y de América.
La obra amplia y profunda del historiador de las religiones surge de un debate implícito sobre el sentido de la existencia en el mundo. El fin de Eliade es el de trazar los contornos de una antropología filosófica a partir de la descripción de las estructuras fundamentales de la religión”.

Hay tres hipótesis en la carrera científica de Eliade: la propia del especialista, autor de las monografías sobre el yoga (1936-1954). el chamanismo (1951) o las religiones australianas (1973); la del fenomenólogo -comparatista, autor del “Tratado de historia de las religiones” (1949), de los “Aspectos del mito” (1963) o de la enorme “Historia de las creencias y de las ideas religiosas” (1976-1983); y la del filósofo autor de varios ensayos importantes, en rumano y en francés, algunos publicados en los volúmenes “Mitos”, “Sueños y Misterios” (1957), “la Nostalgia de los orígenes” (1971), etc.


SOBREPASAR LOS LIMITES DE LA CONDICION HUMANA

El estudio de los documentos religiosos de la humanidad revela a Eliade la existencia de una identidad o de una continuidad de estructura, que se manifiesta en las múltiples analogías al nivel de las técnicas religiosas propiamente dichas. Es así como, sin pronunciarse sobre las filiaciones entre estos dos fenómenos religiosos distintos, Eliade hace notar, por ejemplo, los grandes parecidos entre el yoga y el chamanismo, a nivel de sus preocupaciones existenciales y de la realización práctica de ellas. Para el chamán lo importante es el éxtasis. Todo lo que hace, hasta los más pequeños detalles de su vestido, por ejemplo, va encaminado a este fin. El éxtasis es tanto una realización efectiva como una representación teatral hasta el punto de que los límites entre los dos son a menudo imperceptibles. Pero la ideología del chamanismo afirma que el técnico puede trascender los limites de la condición humana y la práctica enfrenta a veces al investigador con los fenómenos paradójicos.
En cuanto al yoga, aunque se base en las mismas creencias arcaicas que el chamanismo, representa una técnica donde el cosmos está más bien en el interior del practicante asumido en su cuerpo sutil. Para Eliade, el éxtasis del chamanismo se opone al “enstase” (éxtasis) del yogin.
Fiel a este programa de investigación de las técnicas religiosas de superación de la condición humana, Eliade iba igualmente a analizar este fenómeno a la vez social y místico, que es la iniciación (Nacimientos místicos, 1959, 1976, bajo el título de “Iniciaciones, ritos, sociedades secretas”). Dentro de un mismo programa de exploración de los fenómenos religiosos fundamentales a través de los cuales el hombre afirma su autonomía espiritual, aparecen las investigaciones de Eliade sobre la alquimia, esbozadas ya en dos pequeños volúmenes en rumano (1935, 1937), y conocidas ya gracias al libro “Forjadores y Alquimistas” (1956).
Chamanismo, yoga, iniciaciones, alquimia, forman cuatro temas mayores a los que Eliade ha consagrado preferentemente sus obras.
Fundada en esta extensa experiencia del documento religioso auténtico, la obra del fenomenólogo representa una continuación y a la vez una superación de los temas monográficos encaminados hacia la realización de grandes síntesis. La perspectiva fenomenológica trata de poner de manifiesto las estructuras y los tipos de las religiones del mundo, llegar conocer los aspectos comunes, y en una palabra: establecer la esencia de la religión.
Como disciplina autónoma la Fenomenología de las religiones aparece en Holanda durante la segunda mitad del s. XIX, representada por los profesores P.D. Chantepie de la Saussaye ( Amsterdam ) y C. Tiele ( Leiden ). Después de la aparición de la obra de E. Husserl , esta disciplina se inspira en su filosofía para defender su procedimiento, que se propone conocer la esencia del fenómeno en cuestión. Su carácter de disciplina científica, que trabaja inductivamente, es puesto cada vez más de manifiesto por los numerosos fenomenólogos alemanes, holandeses y suecos de principios del siglo XX. El más importante de ellos es el profesor de Geoninga, en el que se inspiró Eliade, G. Van der Leeuw (1890-1950), autor de la importante “Fenomenología de la religión”(1933), así como de otras obras de la estructura de la religión y la mentalidad primitiva.
Fue de algún modo una tradición en los tratados de fenomenología esbozar cuadros de categorías religiosas recurrentes, como las formas más simples de las experiencias religiosas humanas, determinadas por los medios en donde se desarrolla la vida natural: el cielo, la tierra, la vegetación, la roca. Su orden estaba dictado por la idea evolucionista, implícita o explícitamente, de que las religiones se desarrollan de acuerdo a una superación de lo simple e inferior hacia lo complejo y superior. El problema de Dios en el monoteísmo sólo podía ser tratado, pues, al final de las listas de dichas categorías.

LO SAGRADO MODIFICA NUESTRA PERCEPCION DEL ESPACIO-TIEMPO

En su ” Tratado de historia de las religiones” Eliade modifica en dos puntos la posición tradicional de la fenomenología. En primer lugar porque su fenomenología de la religión no va más allá de la experiencia unida al medio natural, espacio-temporal. En segundo lugar, porque se habla del Dios monoteísta al principio, y no al final de la obra.
Pero la principal innovación introducida por Eliade en la fenomenología es sin embargo de orden más elevado: consiste en la determinación de las categorías según las cuales la experiencia religiosa modifica la percepción del espacio y el tiempo ; se trata de un tema tratado en infinidad de sus obras a partir de “El mito de la reintegración” (1942) .
Como fenomenólogo, Eliade introduce en su obra el concepto fundamental de “hierofanía”, que representa la revelación de lo sagrado en los objetos naturales y artificiales que rodean al hombre.
Lo que en primer lugar se revela como sagrado es la tierra, el cielo, el agua, el árbol, la piedra. Pero cada una de estas hierofanías expresa otra modalidad de lo sagrado: el cielo refleja la trascendencia; la tierra la fecundidad, etc… En una amplia síntesis Mircea Eliade traza la experiencia humana de lo sagrado, una experiencia extraña y fascinante a la vez.
El territorio tiene, para el hombre arcaico, siempre una orientación: se trata de un espacio sagrado alrededor del centro del mundo, que es a la vez absoluto desde el punto de vista ontológico y relativo desde el pragmático ( por ejemplo en el budismo cada stupa - tumba de Buda - es un centro del mundo y al mismo tiempo la única tumba del único Buda).
El tiempo sagrado es un tiempo que se ha vuelto cíclico por la conmemoración periódica y estable de acontecimientos que tuvieron lugar en los orígenes.
Espacio y tiempo sagrado deben su carácter especial al mito, en tanto éste es una historia que se refiere a los orígenes del mundo en el sentido más general; y es al mismo tiempo relativo al territorio, pues establece su carácter sagrado, en relación con las gestas de seres míticos primordiales, y relativo al tiempo, cuyos ciclos son establecidos por ceremonias y rituales periódicos, instituidos ab origine por los personajes del mito.
Para el hombre arcaico el mundo es sólo un pretexto, un soporte cuya realidad no aparece en la experiencia sensible, sino en virtud de las experiencias de las huellas originales de los seres míticos, en una palabra a través de la experiencia de las hierofanías.
La concepción del mundo moderno, completamente profano, no orientado hacia ningún valor más allá de la historia, ha sido prefigurada por el judeocristianismo que es vehículo de la noción del tiempo lineal, donde la historia ocupa el lugar de los acontecimientos del mito.
Se puede decir, de alguna manera, que en las religiones abrahánicas la historia misma está mitificada: la “pascua no es como en los pueblos cananeos una simple fiesta de primavera sino la conmemoración de la salida del pueblo elegido de su cautiverio en Egipto; la pasión de Cristo no tiene lugar in illo tempore, en el origen del tiempo o en el tiempo del sueño, como los sucesos narrados entre los mitos australianos, se desarrolla en un momento histórico determinado, bajo el procurador Poncio Pilatos, y así otros elementos.
Concebida de este modo, la dicotomía entre lo sagrado y lo profano, juega un papel fundamental en la antropología filosófica de M. Eliade.
Expuesta en muchos de sus libros y ensayos, desde “El mito del eterno retorno”(1949) hasta “La nostalgia de los orígenes” (1971), la antropología filosófica de Eliade no tiene nada de doctrina sistemática. Está fundada en algunas premisas de orden fenomenológico, y en teorías del psicoanálisis de Carl Gustav Jung.


EL HOMBRE MODERNO VIVE DESORIENTADO
Eliade admite sobre todo la idea de Jung sobre las supervivencias arcaicas en el inconsciente del hombre moderno. Este hombre moderno lleva en si la paradoja de una existencia a dos niveles diferentes y paralelos, incompatibles entre ellos para tomar conciencia de sí mismo: por una parte, su nivel histórico, organizado según un esquema de adecuación a una situación alienante y, por otra parte, su nivel mítico, es decir, su estructura psíquica profunda, organizada según un esquema simbólico. El hombre histórico continúa viviendo inconscientemente según las mismas categorías que el hombre pre-moderno, su vida inconsciente está incluso estructurada según un esquema de iniciación implícita dentro -de su contacto con la historia. Esta situación puede definirse según la fórmula del psicoanalista Erich Neumann, como un “ritual del destino”; el hombre moderno padece la ordalía de la historia, está inconscientemente iniciado en la existencia responsable por el hecho mismo de su historicidad. Así es como Eliade recupera, además, la existencia dentro del mundo del hombre moderno: asignándole siempre un modelo mítico.

Esta problemática del ritual del destino se repite con mucha frecuencia en la creación literaria de Eliade. Están, junto con algunas novelas realistas, en su mayoría inéditas, en Francia, y junto con la novela experimental “Luz que se apaga”, 1934, contiene varias novelas y relatos fantásticos, casi todos al alcance, y traducidos al francés.

Al principio, los relatos fantásticos de Eliade responde a una convicción expresada en el excelente ensayo “El folklore como medio de conocimiento”, 1937, traducido al francés por Alain Paruit en Herne, 1978: puesto que todos los fenómenos paranormales son reales, estas hazañas fantásticas que Eliade expone en sus novelas -desplazamiento de los personajes en el tiempo y en el espacio, facultad de acción mágica, “metasomatosis, incluso el mismo vampirismo (“Señorita Christina”, 1936, traducción francesa 1978)- son también reales.

Más tarde, Eliade elabora una teoría del “milagro imposible de conocer” que desemboca en una especie de “sincronicidad” en el sentido que Jung da a esta palabra. Se sabe, en efecto, que Jung negaba la relación causal entre los elementos de un pronóstico (por ejemplo la carta celeste en la astrología) y la realización de éste. Admitía, sin embargo, la existencia de lo que llamaba la “sincronicidad”. En esta segunda fase de la literatura fantástica de” Mircea Eliade, el relato de hazañas sobrenaturales apenas cambia, con la primacía absoluta del desplazamiento en el tiempo corrimiento de las capas del tiempo una sobre otra, discontinuidad del tiempo”, etc.). Son los personajes los que cambian completamente, y su actitud con respecto a lo que ocurre. Es el “idiota” de la estética expresionista (“El Pasa-Muralla” de Marcel Aymé, “El hombre de las risas” de autor dramático rumano George Ciprian, etc.) el que desde ahora hace su aparición en la prosa de Eliade, sobre todos en sus relatos “Las Bohemias”, 1958, traducción francesa, 1978, “14.000 cabezas de ganado”, 1959, “El hombre viejo y el oficial”, 1968, traducción francesa, 1977, etc.
En la gran novela, en parte autobiográfica, “Selva prohibida” (que aparece en francés en 1955, el papel del “idiota” es transferido al anti-héroe por excelencia que es Stéphane Vizira, cuyo problema fundamental es la irrupción de lo sobrenatural en lo real, la premonición y la interpretación de ésta. Stéphane es un hombre moderno, un hombre normal, cuya existencia histórica está perturbada por una serie de “sincronicidades”. Este espacio abierto de la noche del inconsciente que se ha entreabierto para él, tiene compasión de él y lo absorbe al final.
El tercer período en la literatura fantástica de Eliade, al responder a una intención de recuperación de todos aquellos que sufren, de las conciencias a la deriva, se distingue claramente con respecto a las dos primeras. Esta última metamorfosis de Mircea Eliade aparece a partir más o menos del relato “Uniformes de un general”, 1974, que inaugura todo un ciclo, llamado por nosotros “ciclo del espectáculo y de la criptografía”. Este ciclo contiene todas las últimos cuentos de Eliade: “Incógnito en Buchenwald”, “Las Tres Gracias”, “La Peregrina”, “El Tiempo de un centenario”, “Diecinueve risas” y “Dayan”. La transición entre el “ciclo del idiota” y el “ciclo del espectáculo” se realiza en el cuento “En la Corte de Dionis”, publicado por primera vez en “Revista Scriitorilor Románi” (Múnchen 1968, p. 24-66).
En el primer ciclo, el de las “Noches en Serampore, “El secreto del doctor Honigberger”,”La serpiente”, que podría llamarse “ciclo indio”, Eliade es un especialista de lo sagrado. En el segundo ciclo, el especialista es reemplazado por el idiota, el corto de inteligencia. Pero en los dos casos, se trata de una irrupción de lo fantástico en lo cotidiano.
Reminiscencias del idiota -del que hay que señalar este carácter positivo que tenía el “idiota triumphans” de Nicho-las de Cuse y, por otra parte, en toda la tradición cristiana-” que persisten en el tercer ciclo, lo “mismo que otras temáticas propias de Eliade. Pero, en general, este “ciclo del espectáculo y de la criptografía” nos enfrenta a personajes y a problemas nuevos. Lo fantástico, que ya no irrumpe en lo cotidiano está esta vez en relación con la ciencia moderna y la criptografía -de ahí el papel decisivo del policía, del criptógrafo que crea el mito planteando la existencia de un enigma-. Además, los procedimientos para descifrar juegan un papel importante en este espectáculo organizado por jóvenes en búsqueda de la libertad absoluta, tema central de varias obras pertenecientes al ciclo. No se trata ahora de milagros. “Estamos condenados a la libertad absoluta” dice un personaje al final de “Diecinueve risas” (p. 139). Y por haber descifrado los mensajes en clave que aparecen de ninguna parte para inquietar a la policía, el resultado es desastroso: “Ha habido cortos de inteligencia en este mundo nuestro. Pero el más célebre sigue siendo Parsifal. Puesto que él fue el único que preguntó: ¿dónde está el Santo Grial?…¡Qué miserable este Grial que se nos ha encomendado buscar. Buscar y encontrar! (Pelerina, en Ethos 3, p. 35-36).

El desciframiento, esencial para las narraciones de este “círculo del espectáculo y de la criptografía”, no desemboca en “nada”. Sin embargo, la significación de la existencia en el mundo, esta existencia que, basándose en “nada”, está condenada a la libertad absoluta, sólo puede plantearse por medio de una operación de desciframiento.


ELIADE, MISTAGOGO DE LOS TIEMPOS MODERNOS

Se le puede dar a Eliade el apelativo de “mistagogo”. Entre los Griegos, el mistagogo era el sacerdote que presidía la iniciación a los misterios, de donde, por extensión, un maestro, un guía. Esta es una de las significaciones de la palabra. Hay, sin embargo, otra que, sin ser peyorativa, indica un proceso artificial: el mistagogo es alguien que inventa misterios y arrastra a los demás a seguirle por su camino. Las dos significaciones se aplican a Eliade: es maestro, iniciador en los misterios que él ha creado.
Es inútil insistir en el estatuto y la importancia de la hermenéutica en la obra científica de Eliade, dada a conocer por Adrián Marino en su libro, traducido al francés en 1981.
En las memorias y los diarios de Eliade, la hermenéutica adquiere un estatuto esencial que ha sido señalado varias veces. A través de una actividad hermenéutica, Eliade asume y comprende episodios de su propia existencia y de la cultura moderna: por ejemplo son el yoga y el tantrismo los que le ayudan a integrar estas experiencias anárquicas de su adolescencia, cuando reducía sus horas de sueño y afianzaba su voluntad comiendo objetos repulsivos; el amor le revela el misterio de la totalidad; otras veces, traza paralelismos entre las teorías de la física moderna y diversas experiencias místicas, etc.
En la literatura de Eliade, la hermenéutica conserva este carácter existencial, siendo una técnica principal de subsistencia y de liberación. El sentido es consubstancial al hombre, que sólo puede subsistir en la medida en que tiene uno. Liberarse significa haber encontrado un sentido. Ahora bien, la hermenéutica es justamente la operación que plantea un sentido. Es necesario que cada uno busque su propio Graal. La búsqueda del Graal es una actividad esencialmente hermenéutica. El “primer” Eliade, el teórico del milagro y de su irrupción en el mundo, creía que el sentido es trascendente con respecto a la hermenéutica “misma. El “segundo” Eliade, el del “miserable Graal…buscado y encontrado”, cree que es la hermenéutica la que plantea el sentido. Así es como el mistagogo, que actuaba como iniciador en los misterios objetivos transcendiendo al operador, se da cuenta de que sólo es un inventor de misterios por medio de la hermenéutica. En la literatura de Eliade, a lo largo de sus tres etapas o ciclos, la madeja de la trascendencia se divide, de modo que al final, en el tercer ciclo, el hombre no se encuentra separado de nada (“libertad absoluta”) si no es por la delgada pared de la hermenéutica. En este momento, todo el mensaje de Eliade podría resumirse en estas palabras: para sobrevivir, hay que practicar la hermenéutica. En cuanto a las modalidades de la hermenéutica, la que más conviene al hombre, es la criptografía. Hay siempre que descifrar misterios, pues el desciframiento no está hecho para disipar la duda: al contrario, es él quién la crea, él es el mecanismo que produce el misterio. Sobre lo que este mecanismo actúa no tiene verdaderamente importancia: como mucho, nos podemos servir de las manchas de moho en un muro (“Incógnito en Buchenwald”), tesis de Eliade que se aparenta a la del gran mistagogo moderno, Jorge Luis Borges. Pero esta operación es eficaz con la condición que no se desvele el misterio, dicho de otro modo, que no se consiga descifrar el mensaje. En este caso, el sentido que se obtiene es siempre ridículo por su poca importancia, es sólo un “miserable Graal”. El Graal sólo puede ser verdadero factor de sentido, de elevación moral y de equilibrio mientras dura su búsqueda: cuando se le encuentra,-es decir, cuando la facultad hermenéutica ya no se ejerce- es factor de muerte. Pues el Graal, es nada y su búsqueda no es lo que nos acerca a él, sino lo que nos separa de él.
Efectivamente, habrá fieles de Eliade que gritará: ¿había que investigar durante tanto tiempo para darse cuenta que entre lo que no es nada y el Graal no hay ninguna diferencia? Pero, como Eliade mismo, cada uno lo aprenderá solamente en el momento conveniente, de modo que esta revelación no será menos extraordinaria que otra. Ni menos terrible.
La función del mistagogo es instruir y acompañar. No hay mistagogo sin fieles. Mircea Eliade no ha instituido verdaderos misterios. Sus libros se dirigen al mundo entero. Todos los lectores son sus fieles. Pero a aquellos que se acercan a él, Eliade les responde con un intenso e igual resplandor de amor. Es su hipóstasis de “santo”: dar a cada uno, sin discriminación, todo su amor. Hipóstasis tardía, que comienza con un ejercicio del que son testimonio varios de sus libros: amar a dos mujeres a la vez, con el mismo amor imparcial completo. Así como la disminución del tiempo de sueño sólo puede efectuarse un minuto por noche, el resplandor universal del amor sólo puede obtenerse empezando por el caso menos complicado: tratar de amar a dos seres diferentes con todo su amor, para alcanzar mas tarde a toda la humanidad

Es el método del doctor Payot aplicado a la santidad.

Eliade ha llegado tan lejos en este camino que se le podría sin duda aplicar todas las palabras del capítulo 49 del Tao-Te-King: “el sabio no tiene corazón para sí mismo; su corazón, es el corazón de su pueblo. Yo soy bueno con el que es bueno, pero soy igualmente bueno con el que es malo, pues es la virtud en sí misma la que es buena. Yo soy sincero con el que es sincero, pero soy igualmente sincero con el traidor, pues es la virtud en sí misma la que es sincera. La existencia del sabio en el mundo no es tranquila: su corazón resplandece sobre todos los mortales; sus gentes le aman y el sabio los trata como si fueran sus propios hijos”.
Pero la actividad de mistagogo de Eliade sólo puede manifestarse por medio de una parábola que pertenece a la sabiduría de Oriente: La Escritura del Lotus, la Saddharmapundarika budista, dice que la probabilidad que el hombre tiene para liberarse dentro de esta misma existencia no es mayor que la de que una tortuga tuerta suba a la superficie del agua en el momento justo en que un tronco provisto de un agujero pase por encima de su ojo sano, de modo que ella pueda subirse, por el agujero, hasta el tronco. La tortuga es tuerta, su posibilidad de orientación está disminuida; la probabilidad además de que justo el tronco que pasa esté agujereado es mínima. El tronco flota al azar, recorriendo todas las aguas del mundo: la probabilidad que pase justo por encima de la tortuga es mínima. Hay poca esperanza de salvarse. Pero la función del mistagogo es justamente la de lanzar al agua piezas de madera agujereadas para las tortugas tuertas.

Este es el papel que asumió Mircea Eliade: su literatura, sobre todo sus cuentos, son esas “piezas de madera” cuya función es la de entrenar a las tortugas para un ejercicio verdaderamente insólito, un ejercicio que ha sido representado por siempre en una de las obras maestras de Constantin Brancusi: “Tortuga volante”. (*)

(*) Fuente:  J.P.Couliano, Mircea Eliade y el hombre universal, en traducción del cuaderno Homo religiosus. Dialogues avec le sacré Paris, 1994, realizado por F. Schwartz. Publicado con anterioridad en El hilo de ariadna.

(*)  J. P.COULIANO, el autor, que ha muerto asesinado hace una década, fue historiador de las religiones y colaborador de Eliade. Obras en castellano: “Eros y magia en el Renacimiento” , Madrid, Siruela, 1999; “Experiencias del éxtasis” Madrid, Paidós Orientalia, 1998

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Mircea Eliade y Carl Gustav Jung

Autor:
Fecha publicación: 26.09.2006

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Encuentro con C.G Jung

Por

Mircea Eliade
 

Extracto de El Vuelo Mágico, por Mircea Eliade
1ª Edición: “Rencontre avec Jung”, en Combat, 9 de octubre de 1952

Este verano en Ascona se ha hablado mucho de Job y Yahvé; el último libro de Jung se llama, en efecto, Respuesta a Job. Como todos los años desde 1932, el profesor Jung ha pasado la segunda quincena de agosto en Ascona, a orillas del Lago Mayor, para asistir a las conferencias organizadas por el círculo Eranos. Algún día tendrá que escribirse la historia de este círculo tan difícil de definir. Fue Rudolf Otto quien le dio nombre: en griego, eranos significa «comida frugal donde cada uno aporta su parte». Eranos es la creación del entusiasmo, de la voluntad y de la perseverancia de la Sra. Olga Fröbe-Kapteyn, holandesa educada en Inglaterra pero establecida en Ascona desde hace treinta años. Interesada por el simbolismo, apasionada por las investigaciones de jung, la Sra. Olga Fröbe-Kapteyn se ha propuesto invitar todos los años a un cierto número de sabios para discutir un tema común desde la perspectiva de la especialidad de cada uno de ellos. Así, se han tratado temas tan diferentes como El Hombre y la Máscara, la Gran Diosa, la Meditación en Oriente y Occidente, el Tiempo, el Yoga, los Ritos, etc. La intención de Eranos consiste en considerar el simbolismo desde todos los ángulos posibles: psicología, historia de las religiones, teología, matemática e incluso biología. Sin dirigirlo directamente, jung es el spirítus rector de este círculo al que ha comunicado sus primeras investigaciones sobre la alquimia, el proceso de individuación y, recientemente (1951), sus hipótesis concernientes a la sincronicidad. Un editor con coraje y clarividencia, el Dr. Brody, se ha encargado de publicar los textos de estas conferencias. Hoy en día los veinte volúmenes de Eranos-Jahrbücher constituyen con sus ocho mil páginas una de las mejores colecciones científicas referidas al estudio de los simbolismos.

A sus setenta y siete años el profesor jung no ha perdido nada de su extraordinaria vitalidad, de su sorprendente juventud. Ha publicado uno tras otro tres libros nuevos: sobre el simbolismo del Aíon, sobre la sincronicidad y, finalmente, esta Respuesta a Job que ha provocado ya reacciones sensacionales, sobre todo entre los teólogos.

-Siempre había pensado en este libro -me confiesa el profesor jung, una tarde en la terraza de la Casa Eranos-; pero he tardado cuarenta años en escribirlo. Cuando leí por vez primera, aún niño, el Libro de Job, quedé terriblemente conmocionado. Descubrí que Yahvé era injusto, que incluso es un malhechor. Pues se deja persuadir por el diablo. Acepta torturar a Job por la sugestión de Satán. En la omnipotencia de Yahvé, ninguna consideración hacia el sufrimiento humano. Por lo demás, aún subsisten en ciertos escritos judíos rastros de la injusticia de Yahvé: en un texto tardío, Yahvé pide la bendición del gran sacerdote, como si el hombre fuera superior a Él…

-Pudiera suceder que todo esto fuera una cuestión de lenguaje. Pudiera ser que lo que usted llama «injusticia» y «crueldad» de Yahvé no fueran más que fórmulas> aproximativas, imperfectas, para expresar la total trascendencia de Dios. Yahvé es «aquel que es», por tanto está por encima del Bien y del Mal. Es imposible captarlo, comprenderlo, formularlo; por consiguiente, es a la vez «el misericordioso» y «el injusto». Eso es un modo de decir que ninguna definición puede circunscribir a Dios, ningún atributo lo agota…

-Yo hablo como psicólogo -continúa el profesor jung- y, sobre todo, hablo del antropomorfismo de Yahvé¿ y no de su realidad teológica. Como psicólogo compruebo que Yahvé es contradictorio y también creo que se puede interpretar psicológicamente esta contradicción. Para poner a prueba la fidelidad de Job, Yahvé concede a Satán una libertad casi sin límites. Ese hecho no carece de consecuencias para la humanidad: se esperan acontecimientos futuros muy importantes a causa del papel que Yahvé pensó tener que ceder a Satán. Ante la crueldad de Yahvé, Job calla. Ese silencio es la más hermosa y noble respuesta que el hombre haya podido dar a un Dios todopoderoso. El silencio de Job anuncia ya a Cristo. En efecto, Dios se hace hombre, Cristo, para redimir su injusticia con respecto a job…

El teólogo protestante Hans Schär, al que ya se debe un bello volumen sobre la psicología religiosa de Jung, se pregunta si dentro de cien años Respuesta a Job no será considerado un libro profético. Cuando Jung había publicado sus primeros estudios sobre el inconsciente colectivo y, por consiguiente, se había despegado del freudismo, parece ser que Freud decía de su antiguo colaborador: «Al principio era un gran sabio, ¡pero ahora se ha convertido en profeta!». ¡En la broma del Maestro algunos ven el mayor de los elogios: en efecto, consideran al profesor Jung como un profeta de los tiempos modernos. Pues si Freud tuvo el gran mérito de descubrir el inconsciente personal, Jung descubrió el inconsciente colectivo y sus estructuras, los arquetipos. Y con ello aportó una luz nueva a la interpretación de los mitos, las visiones y los sueños. Más aún: muy pronto Jung se liberó de los prejuicios cientifistas y positivistas del psicoanálisis freudiano: no redujo la vida espiritual y la cultura a epifenómenos de complejos sexuales de la infancia. Finalmente Jung tiene en cuenta la Historia: mira la psique como naturalista y como historiador; según él, la vida de las profundidades psíquicas es la Historia. Dicen los junguianos que sus descubrimientos cambiarán completamente el universo mental del hombre moderno. Freud no se equivocó: Jung no podía quedarse en ser un simple «sabio», tenía que ampliar cada vez más el horizonte de sus descubrimientos y trazar un camino para que el hombre moderno saliera de su crisis espiritual. Pues para Jung, como para muchos otros, el mundo moderno está en crisis, y esta crisis está provocada por un conflicto aún no resuelto en las profundidades de la psique.

-El gran problema de la psicología -continúa jung-, es la reintegración de los contrarios: eso se encuentra por todas partes y en todos los niveles. Ya en mi libro Psicología y alquimia (1944) tuve ocasión de ocuparme de la integración de Satán. Pues mientras Satán no sea integrado, el mundo no se curará y el hombre no se salvará. Pero Satán representa el Mal y ¿cómo integrar el Mal? Sólo existe una posibilidad: asimilarlo, es decir, elevarlo a la conciencia, hacerlo consciente. Eso es lo que la alquimia llama «conjunción de dos principios». Porque realmente la alquimia retorna y prolonga el cristianismo. Según los alquimistas, el cristianismo ha salvado al hombre, pero no a la naturaleza. El alquimista sueña con curar el mundo en su totalidad: la piedra filosofal es concebida como el Filíus Macrocosmi que cura el mundo. El fin último de la «obra» alquímica es la apokatastasís, la Salvación cósmica.

Jung ha comprendido muy bien que la alquimia, desde sus orígenes hasta su fin, no fue sólo una pre-química, una «ciencia experimental» embrionaria, sino una técnica espiritual. El objetivo de los alquimistas no era estudiar la Materia, sino liberar al Alma de la materia. Jung llegó a esta conclusión leyendo los textos de los alquimistas clásicos. Se sorprendió ante la semejanza entre los procesos alquímicos por los cuales se pensaba obtener la piedra filosofal y las imágenes en los sueños de algunos de sus pacientes que, sin darse cuenta, estaban trabajando en la integración de su personalidad. En estudios acerca de la alquimia asiática publicados entre 1935 y 1938, mostramos que las operaciones de los alquimistas chinos e indios perseguían igualmente la liberación del alma y la «perfección de la materia», es decir, la colaboración del hombre en la obra de la naturaleza. Esta convergencia de resultados adquiridos en ámbitos diferentes y por métodos diferentes nos parece una confirmación manifiesta de la hipótesis de jung.

-He estudiado alquimia durante quince años, pero no se lo dije nunca a nadie. No quería sugestionar ni a mis pacientes ni a mis colaboradores. Pero después de quince años de investigaciones y de observaciones, las conclusiones se impusieron con una fuerza ineluctable: las operaciones alquímicas eran reales, sólo que esa realidad no era fisica sino psicológica. La alquimia representa la proyección de un drama en términos de laboratorio que es a un tiempo cósmico y espiritual. El opus magnum tenía como finalidad tanto la liberación del alma humana como la curación del Cosmos. Lo que los alquimistas llamaban «materia» era en realidad el «sí mismo». El «alma del mundo», anima mundi, identificada por los alquimistas con el spírítus mercurius, estaba aprisionada en la materia. Por eso los alquimistas creían en la verdad de la materia: pues la materia era en efecto su propia vida psíquica. Se trataba de liberar esa materia, de «salvarla»; en una palabra, obtener la piedra filosofal, es decir, el «cuerpo glorioso», el corpus glorificationís. Pero ese trabajo es dificil y está sembrado de obstáculos: la «obra» alquímica es peligrosa. Ya en el inicio se encuentra al «Dragón», el espíritu ctónico, el «Diablo», o como lo llaman los alquimistas, el «Negro», la nigredo. Y ese encuentro produce sufrirmiento. La «materia» sufre hasta la desaparición de la «negrura»; en términos psicológicos el alma se encuentra en las ansias de la melancolía luchando con la «Sombra». El misterio de la conjunción, misterio central de la alquimia, persigue justamente la síntesis de los opuestos, la asimilación del «Negro», la integración del Diablo. Para el cristiano «despierto» eso constituye un acontecimiento psíquico muy grave, pues es la confrontación con su «Sombra»: ésta representa la «negrura» (nigredo), lo que permanece separado, es decir, lo que jamás podrá ser totalmente integrado en la persona humana. Al interpretar la confrontación del cristiano con su «Sombra» en términos psicológicos, se descubre el miedo secreto de que el Diablo sea más fuerte, de que Cristo no haya logrado vencerle completamente. De otro modo, ¿por qué se ha creído, y se continúa creyendo, en el Anticristo? ¿Por qué se ha esperado, y se espera aún, la llegada del Anticristo? Pues sólo después del reino del Anticristo y después de la segunda venida de Cristo, el Mal será vencido definitivamente en el mundo y en el alma humana. Todos estos símbolos y creencias son solidarias en el plano psicológico: siempre hay que luchar contra el Mal, con Satán, y vencerle, esto es, asimilarlo, integrarlo en la conciencia. En el lenguaje alquímico la materia sufre hasta la desaparición de la nigredo, cuando la «aurora» es anunciada por la cauda pavonis y aparece un día nuevo, la leukosis, albedo. Pero en ese estado de «blancura» no se vive en el sentido propio del término. De algún modo, es una especie de estado ideal, abstracto; para vivificarle se necesita «sangre» y hay que obtener lo que los textos alquímicos llaman la rubedo, lo rojo de la Vida. Sólo la experiencia total del ser puede transformar ese estado «ideal» de la albedo en una existencia humana integral. Sólo la sangre puede reanimar una consciencia gloriosa en la que se ha disuelto el último rastro de la «negrura» en la que el Diablo ya no tiene una existencia autónoma sino que se incorpora a la unidad profunda de la psique. Entonces la «obra», el opus magnum de los alquimistas, ha sido realizada: el alma humana está perfectamente integrada…

No voy a analizar aquí esta grandiosa reconstrucción de la alquimia emprendida por Jung. Baste con recordar que la integración del «Mal» constituye para él el gran problema de la consciencia moderna. Algunos le han reprochado su esfuerzo orientado a la Unidad Total, a costa de sacrificar las polaridades, la abolición de contradicciones, la integración de Satán. Pero jung no pretende hacer ni teología ni filosofía de la religión.

-Yo soy un psicólogo. No me ocupo de lo que trasciende el contenido psicológico de la experiencia humana. Ni siquiera me planteo el problema de saber si es posible semejante trascendencia, pues en todos los casos lo transpsicológico ya no es asunto del psicólogo. Ahora bien, en el plano psicológico, me enfrento con experiencias religiosas que poseen una estructura y un simbolismo susceptibles de ser interpretados. Yo considero que la experiencia religiosa es real, es verdadera. Compruebo que semejantes experiencias pueden «salvar» el alma, pueden acelerar su integración e instaurar el equilibrio espiritual. Como psicólogo compruebo que el estado de gracia existe: es la perfecta serenidad del alma, el equilibrio creador, fuente de energía espiritual. Sin dejar de hablar como psicólogo, corroboro que la presencia de Dios se manifiesta en la estructura profunda de la psique como una coíncidentia oppositorum. Y toda la historia de las religiones, todas las teologías están ahí para confirmar que la coincídentia opposítonim es una de las fórmulas más utilizadas y más arcaicas para expresar la realidad de Dios. Como decía Rudolf Otto, la experiencia religiosa es numinosa, y yo como psicólogo distingo esa experiencia de las otras por el hecho de que trasciende las categorías ordinarias de tiempo, espacio y causalidad. últimamente he estudiado mucho la sincronicidad (brevemente expresado: la «ruptura del tiempo») y he comprobado que está muy cerca de la experiencia numinosa: espacio, tiempo y causalidad están abolidos. No pretendo establecer ningún juicio de valor acerca de la experiencia religiosa. Compruebo que el conflicto interior es siempre fuente de crisis psicológicas profundas y peligrosas; tan peligrosas que pueden destruir la integridad humana. Psicológicamente, ese conflicto interior se manifiesta por medio de las mismas imágenes y por el mismo simbolismo atestiguados en todas las religiones del mundo y utilizados también por los alquimistas. De ese modo he llegado a ocuparme de la religión, de Yahvé, Satanás, Cristo, la Virgen. Comprendo muy bien que un creyente vea en esas imágenes algo diferente de lo que yo, como psicólogo, tengo el derecho de ver. La fe del creyente es una gran fuerza espiritual y es la garantía de su integridad psíquica. Pero yo soy médico: me ocupo de la curación de mis semejantes. Por desgracia, la fe y sólo ella ya no tiene el poder de curar a ciertos seres. El mundo moderno está desacralizado; por eso está en crisis. El hombre tiene que volver a descubrir una fuente más profunda de su propia vida espiritual. Pero para ello tiene la obligación de luchar contra el Mal, de enfrentarse con su «Sombra», de integrar al «Diablo». No hay otra salida. Por eso Yahvé, job, Satanás, representan psicológicamente situaciones ejemplares: son como los paradigmas del eterno drama humano…

En toda su obra, que es inmensa, Jung parece obsesionado con la reintegración de los opuestos. A su modo de ver, el hombre no puede alcanzar la unidad más que en la medida en que logra superar los conflictos que lo desgarran interiormente. La reintegración de los contrarios, la coincidencia opposítorum, es la piedra angular del sistema de Jung. Por eso mismo está interesado en las doctrinas y técnicas orientales. El taoísmo y el yoga le han revelado los medios utilizados por el asiático para transcender las múltiples polaridades y alcanzar la unidad espiritual. Pero este esfuerzo orientado a la unidad por la integración de los opuestos se encuentra también en Hegel aunque sea en un plano bien distinto. Uno se podría preguntar si no se debería llevar aún más lejos la comparación entre Hegel Jung. Hegel descubre la Historia y su gran esfuerzo tiene como fin la reconciliación del hombre con su propio destino histórico. Jung descubre el inconsciente colectivo, es decir, todo lo que precede a la historia personal del ser humano, y se dedica a descifrar las estructuras y la «dialéctica» con intención de facilitar la reconciliación del hombre con la parte inconsciente de su vida psíquica y conducirle a la reintegración de su personalidad. A diferencia de Freud, Jung tiene en cuenta la Historia: los arquetipos, estructuras del inconsciente colectivo, están cargados de «historia». Ya no se trata, como en Freud, de una espontaneidad «natural» del inconsciente de cada individuo, sino de una inmensa cantera de «recuerdos históricos»: la memoria colectiva donde en su esencia sobrevive la Historia de toda la humaniclad. Jung cree que el hombre debería aprovechar más esa cantera: su método analítico está dirigido justamente a elaborar los medios para utilizarla.

-El inconsciente colectivo es más peligroso que la dinamita, pero existen medios para manejarlo sin demasiados riesgos. Cuando se desencadena una crisis psíquica, se está mejor situado que cualquier otro para resolverla. Se tienen sueños y «sueños de vigilia»: hay que esforzarse por observarlos. Se podría decir que cada sueño lleva a su manera un mensaje: no sólo te dice que algo no funciona en tu ser profundo, sino que además te proporciona también la solución para salir de la crisis. Pues el inconsciente colectivo, que te envía estos sueños, posee ya la solución. En efecto, nada se ha perdido de toda la experiencia inmemorial de la humanidad. Todas las situaciones imaginables y todas las soluciones posibles parecen estar previstas por el inconsciente colectivo. No tienes más que observar con sumo cuidado el «mensaje» transmitido por el inconsciente y «descifrarlo». El análisis ayuda a leer correctamente esos mensajes…

Jung concede una importancia capital a la interpretación de los sueños, esa mitología camufiada en el hombre moderno. No deja de ser interesante recordar que el surrealismo, que representa el esfuerzo más sistemático de renovación de la experiencia poética contemporánea, había aceptado la realidad onírica. 0 mejor aún: el surrealismo ha perseguido, entre otras cosas, la integración del estado de sueño para conseguir la «situación total», más allá de la dualidad consciencia-inconsciencia. Por mucho que los freudianos le hayan acusado de ser más «teórico» que práctico, Jung no ha querido abandonar la perspectiva del psicólogo para proponernos una filosofia basada en la dialéctica de la coincidencia oppositorum. Pero es permisible esperar que sus discípulos retomen y prolonguen un día sus esfuerzos por precisar las relaciones entre la experiencia consciente del individuo y la «Historia» conservada en el inconsciente colectivo. Los sueños representan para jung un lenguaje coherente y, tanto más rico aún por cuanto está libre de las leyes del tiempo y de la causalidad. Fue a consecuencia de sus sueños, que vanamente había tratado de interpretar en términos del psicoanálisis freudiano, cuando Jung llegó a suponer la existencia del inconsciente colectivo. Eso tuvo lugar en 1909. Dos años más tarde, Jung empezaba a darse cuenta de la importancia de su descubrimiento. Finalmente, en 1914, siempre a consecuencia de una serie de sueños y de «sueños de vigilia», comprende que las manifestaciones del inconsciente colectivo son en parte independientes de las leyes del tiempo y de la causalidad. Como el profesor Jung ha tenido a bien autorizarnos a hablar de esos sueños y de esos «sueños de vigilia», que han desempeñado un papel capital en su carrera científica, ofrezco seguidamente un resumen:

En octubre de 1913, encontrándose en el tren que le llevaba de Zurich a Schaffhausen, le sucedió este extraño hecho: una vez en el túnel, pierde la conciencia de tiempo y de lugar, y despierta al cabo de una hora oyendo anunciar al conductor la llegada a Schaffhausen. Durante todo ese tiempo fue víctima de una alucinación, de un «sueño de vigilia»: veía el mapa de Europa y veía cómo el mar la iba cubriendo país por país empezando por Francia y Alemania. Poco tiempo después, todo el continente se encontraba bajo el agua, a excepción de Suiza, que era como una montaña muy alta que las olas no podían sumergir. Jung se veía sentado sobre la montaña. Y, al mirar mejor alrededor de él, se dio cuenta de que el mar era sangre: comenzó a distinguir sobre las olas los cadáveres, los tejados de las casas, vigas medio quemadas…

Tres meses más tarde, en diciembre de 1913, se repite el mismo «sueño de vigilia» a la entrada del mismo túnel. («Era como una inmersión en el inconsciente colectivo», comprendería más tarde.) El joven psiquiatra se preocupa. Se pregunta si no estará «haciendo una esquizofrenia» (según el lenguaje de la época). Finalmente, algunos meses más tarde, sueña lo siguiente: se encuentra con un amigo durante el verano en los mares del sur, cerca de Sumatra. Por los periódicos se enteran de que Europa ha sido invadida por una ola de frío terrible como jamás antes se había conocido. Jung decide partir a Batavia y embarcarse para regresar a Europa. Su amigo le dice que viajará en un velero de Sumatra hasta Hadramaout y que luego continuará su camino por Arabia y Turquía. Jung llega a Suiza. Sólo ve nieve. Una viña inmensa se eleva en algún lugar con muchos racimos. Se acerca y se pone a coger racimos distribuyéndolos entre desconocidos que le rodean pero que no puede ver…

-A su tercera repetición, el sueño llegó a inquietarme en el más alto grado. Justamente preparaba una comunicación sobre la esquizofrenia para el congreso de Aberdeen y me decía: «¡Hablaré de mí mismo! Probablemente me volveré loco después de la lectura de la comunicación … ». El congreso tenía lugar en julio de 1914: exactamente en el período en que en mis tres sueños me veía en los mares del sur. El 31 de julio, inmediatamente después de mi conferencia, me enteré por los diarios de que la guerra acababa de estallar. ¡Por fin comprendía! Y cuando al día siguiente el barco me dejó en Holanda, no había nadie más feliz que yo. Ahora estoy seguro de que no me amenazaba ninguna esquizofrenia. Había comprendido que mis sueños y visiones procedían del subsuelo del inconsciente colectivo. Sólo tenía que trabajar para profundizar y dar validez a este descubrimiento. Y es a lo que me dedico desde hace casi cuarenta años…

Poco tiempo después jung tuvo la alegría de recibir una segunda confirmación a su sueño. Los diarios no tardaron en hablar de las aventuras del capitán de barco alemán Von Mücke, que en un velero había recorrido los mares del sur desde Sumatra hasta Hadramaout y después se había refugiado en Arabia para alcanzar desde allí Turquía…
 

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