Sunday, November 18, 2007

El Chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis
Considerado como el texto de referencia sobre chamanismo; libro clásico escrito hace 50 años y aun no superado. Contiene una cantidad de información sin par sobre esta práctica místico, mágica y religiosa que pobló el planeta antes del advenimiento de las grandes sociedades y las religiones organizadas.
El Yoga. Inmortalidad y libertad
Uno de los mejores, más completos y rigurosos libros sobre el yoga. No tiene una finalidad eminentemente práctica, sino que más bien es un estudio que pretende enmarcar el yoga dentro de la tradición cultural y la cosmovisión religiosa de la India.
Historia de las Creencias y las Ideas Religiosas (Vol. I) De la edad de piedra a los misterios de Eleusis
Introducción sin par al mundo religioso clásico: Mesopotemia, Valle del Indo, Egipto, península arábiga, hinduismo, Grecia, Eleusis, Zoroastrismo… Excelente obra para adentrarse en el pensamiento y la cosmología de las religiones, a la vez que una fuente valiosa de información y mitos sobre los cultos que emplearon plantas visionarias.
Historia de las Creencias y las Ideas Religiosas (Vol. II) De Gautama Buda al triunfo del cristianismo
Segundo volumen de la la magna obra de Eliade. Abarca desde los orígenes del budismo a la consolidación del cristianismo en el siglo cuarto. Entre ambos, taoísmo y Confucio, el yoga en la India, religiones romanas, celtas y germánicas, Pitágoras y el orfismo, Gnosis… Escrito con pasión, se lee como una novela de alto contenido didáctico y gran sabiduría.
Historia de las Creencias y las Ideas Religiosas (Vol. III) De Mahoma a la era de las reformas
Introducción sin par al mundo religioso del segundo milenio: del chamanismo euroasiático, que ha pervivido hasta el siglo XX, hasta las religiones tibetanas (Bon, lamaísmo), pasando por el Islam, el cristianismo y el judaísmo medievales, tanto en su rama teológica como en la mística: la cábala, el sufismo, la mística, así como los movimientos heréticos, o el cisma entre oriente y occidente…
Nacimiento y renacimiento. Significado de la iniciación en la cultura humana
Un claro y diáfano estudio sobre el significado de los ritos de iniciación en las culturas humanas (desde el chamanismo a las sociedades secretas, pasando por los rituales en diversas religiones). Excelente también para contraponer nuestra sociedad, lineal, técnica y progresista, a la concepción cíclica de la existencia de otras culturas.


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CITAS

    «(…) mi objetivo consistía únicamente en hacer inteligible al mundo moderno -lo mismo occidental que oriental, a la India lo mismo que a Tokio o a París- unas creencias religiosas y filosóficas poco conocidas o mal comentadas.» (La Prueba del Laberinto) 

    «La historia de las religiones se refiere a lo más esencialmente humano: la relación del hombre con lo sagrado. (…) Las crisis del hombre moderno son en gran parte religiosas en la medida en que suponen la toma de conciencia de una carencia de sentido»    (La Prueba del Laberinto)

    «Un día no lejano, Occidente no sólo tendrá que conocer y comprender los universos culturales de los no occidentales, sino que además se verá obligado a valorarlos como parte integrante de la historia del espíritu humano.»  (Diarios -1960-)

Posted by isisdiosa99 at 09:13:37 | Permalink | No Comments »

Mircea Eliade (1907-1986) está considerado como uno de los más relevantes historiadores de las religiones. Nacido en Rumania y licenciado en filosofía en la universidad de Bucarest, se trasladó a los 21 años a la India, sintiendo que la educación en su país natal no podía aportarle algo que encontraba a faltar para comprender el alma humana -una carencia que intuyó que podría completar viviendo y asimilando la cultura oriental que la India podía ofrecerle.

   Deseando leer textos clásicos del hinduismo que no habían sido traducidos a lenguas occidentales, sobretodo acerca del yoga y del tantra, pasó tres años en Bengala estudiando el sánscrito con Desgupta. Seguidamente se retiró durante un año en los Himalayas, en Hardwar, para practicar yoga como discípulo de Swami Shivanananda. La estancia en la India representó el gran período de formación intelectual de Eliade, en el que elaboró su visión de la religión, desde su etapa en las sociedades cazadoras y las agrícolas, las primeras culturas que dominaron los metales, las grandes religiones… En la India aborigen pudo enlazar también las creencias cosmológicas de los pueblos ágrafos indoeuropeos, que en illo tempore abrazaban la totalidad del espacio eurasiático.

    Pero principalmente fue la práctica del yoga lo que aportó a Eliade un pilar que faltaba en su cultura religiosa occidental: más allá de los sistemas filosóficos y de los rituales, que había hallado tanto en Europa como en la India, la férrea práctica de lo que él denominaría las técnicas psicofisológicas del yoga, le llevaría a experimentar estados místicos de la consciencia, o sea: la experiencia directa de lo sagrado, algo que suponía la validación de todo el sistema filosófico y ritual posterior -una abstracción que Eliade encontraba falta de sentido sin la piedra angular de la experiencia extática.

    A su retorno a Europa, Eliade emprendió una carrera literaria que se dividiría en dos ramas, en cierta manera complementarias: por una parte el estudio riguroso del fenómeno religioso, que culminó con su voluminosa Historia de las creencias y de las ideas religiosas, y por otra parte las novelas de base autobiográfica, en las que recreaba de forma fantástica las experiencias espirituales que vivió durante su estancia en la India, sobretodo durante el período de Hardwar.

    Si Jung, el psiquiatra suizo, representa el intento de articular y dar a comprender a la mente occidental la fenomenología de la experiencia mística, mediante el estudio de los ‘símbolos de la mente inconsciente‘, Eliade representó durante el siglo XX la articulación y la pedagogía del fenómeno religioso, pero no tan sólo el propio de la historia occidental, sino el proceso religioso que aconteció en Eurasia desde el neolítico en las sociedades de cazadores, hasta el advenimiento de las grandes religiones como el budismo, el mazdeísmo y el cristianismo. Junto a Campbell, Eliade sobresalió en escribir unos libros a la vez doctos y de una gran claridad, que a la vez se convirtieron en enormemente populares. Lejos de usar un estilo especulativo, abstracto y confuso, sus trabajos facilitaron la recuperación del respeto acerca del fenómeno religioso, tan vilipendiado en occidente a lo largo del siglo XIX.

   Entre sus obras más conocidas, destacan ‘El mito del eterno retorno,Yoga. Inmortalidad y libertad‘, ‘El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis‘, ‘Lo sagrado y lo profano‘, ‘Tratado de historia de las religiones‘, ‘Cosmología y alquimia babilónicas‘, ‘La noche bengalí‘.

   Después del redescubrimiento de los enteógenos, y por haber escrito el inmortal El Chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis, Eliade ha sido criticado por no haber incluido y estudiado las plantas visionarias en el complejo chamanístico expuesto en el libro. Existe confusión acerca de este punto, pero de todas maneras ha de considerarse que Eliade escribió el libro sobre chamanismo en 1951, cuando los estudios sobre enteógenos estaban aun en pañales. Y en cierta manera es normal que Eliade centrara su atención en las técnicas arcaicas del éxtasis, pues su acceso a experiencias místicas aconteció como consecuencia de la práctica del yoga.

   En cierto modo Eliade dio un primer paso en relación a la comprensión de las experiencias espirituales inducidas por enteógenos, al intuir que el yoga suponía una técnica psicofísica para alcanzar estados místicos de la consciencia. Así, una de las principales objeciones que se plantearon a la relación de los enteógenos con las experiencias espirituales era que estas no podían ser inducidas por algo físico, y menos una determinada molécula, ya que en occidente se consideraba desde antaño que lo espiritual y lo material eran reinos distintos y sin relación alguna. Eliade, al intuir que las experiencias espirituales de los yoguis podrían ser articuladas por una técnica y unas prácticas físicas, corporales, abrió una primera posibilidad y entendimiento a la relación entre mente y materia, entre cuerpo y espíritu.  

   Años más tarde, sintiendo demasiado ardua la revisión de sus escritos a la luz de lo que había aportado la etnobotánica, Eliade reconoció la importancia del papel de los enteógenos en el fenómeno religioso, si bien comunicó esta posición sólo a nivel privado a personas como Peter Furst o E. Jünger, con quien dirigió la publicación Antaios. 

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Mircea Eliade (1907-1986)

As described in the Chicago note, Mircea Eliade is a marginal figure in the Friesian tradition. However, after Eliade died, certain criticisms were leveled at him that are noteworthy and deserving of serious attention. The substantive criticism was that the kind of theory of religion represented by Eliade, and for that matter Rudolf Otto himself, leads logically and directly to the neo-pagan amoralism of the Nazis, and furthermore that Eliade actually directly promoted just such a thing in Romania during or before World War II. Such accusations are of great concern. Nor are they unfamiliar, since these are precisely the problems many people (very properly) have with Martin Heidegger.

As with criticisms of Heidegger, in the course of this two things should be kept separate: the nature of the theory that Eliade is said to promote, and then the nature of Eliade’s political involvement as a possible application of the theory.

Eliade, of course, is coming out of the kind of theory found in Otto, which is only minimally different from the philosophy of religion in Nelson and Fries; and Nelson and Fries are in many ways still four-square Kantians. Otto’s Das Heilige is famous for dealing with the “irrational” in religion, but he himself cautions that this is only a supplement to the rational treatment of religion that he had provided in Die Kant-Friesische Religions-Philosophie. Consideration of the “Numen ineffabile” only follows upon the “devoted assiduous and serious study” of “the ‘Ratio aeterna’.” Although Otto’s exhortation to the rational side of religion is plainly and prominently stated, it is widely ignored. What the rational side of religion largely contributes is morality, and there is little attenuation of the power of the Moral Law in Fries or Nelson or Otto from Kant. Otto himself establishes a hierarchy of religions according to the degree to which they have become morally “schematized”: the basis of his clear preference for Christianity as the supreme religion. It is possible for us to argue which religion has the better moral conceptions and to disagree with Otto about that, but we may not disagree with him in principle to suppose that some religions do have superior moral conceptions to others.

On the other hand, supposing that some religions are morally superior to others implies that others are inferior. Given some religion that is not “morally schematized” very well, we can then ask what makes it a religion in the first place and what kind of meaning it had for its adherents, even if to us it is morally intolerable. That is the question that particularly interested Otto (and Eliade). This does not imply, as accusations of Eliade would imply, that the morally un-schematized religions are superior to the morally sophisticated ones. That would be standing the whole theory on its head.

The question becomes simply a matter of fact: Are there religions that are morally unschematized? The answer to that has got to be “yes,” especially since much of the history of religion wouldn’t make any sense otherwise. Zoroaster’s entire reform of Iranian religion was predicated on his moral critique of the worship and propitiation of the forces of evil in the old religion. Thus Zoroastrianism became “the Good Religion.” Similarly, in Greek philosophy from Xenophanes to Socrates and Plato, we see a process of morally editing Greek mythology. No one ever expressed it better than Xenophanes himself, who accused the poets of attributing to the gods everything that is shameful and a reproach among men. And we know well the fulminations of the Biblical Prophets against the Ba’als, the temple prostitution, and all the wickedness and uncleanness of the religion practiced around the Israelites. In the mix of Hellenistic Civilization, these three strains of moralizing all came together and produced the classic forms of Judaism, Christianity, and then Islam. The old religions of the Mediterranean world simply died out.

Concern with the morally unschematized religions is not an endorsement of them. It just means that they are there and that they represent something to be understood about religion and human nature. And they are still there, not just in older religions, like Hinduism, that didn’t undergo the kind of revolution that took place around the Mediterranean, but also still in us, in the sense that they are from a level of existence that is always present and that can easily reassert itself in the wrong circumstances, as indeed happened with Nazi neo-paganism.

Denying that there is anything non-rational or non-moral about religion simply out of fear that the possibility of such things will lead to Nazi neo-paganism has two things wrong with it: first that moral objections cannot change facts, if indeed they are facts, and second that it is open to serious question whether the mere theoretical recognition of the non-rational and non-moral implies that there will be some kind of increase in non-rational or non-moral activities. We might more expect the opposite.

Recognition of the non-rational in Otto falls into an epistemological category used by Nelson and Fries: Ahndung. For Fries there are three basic categories of cognition, Wissen, Glaube, and Ahndung. Wissen is scientific knowledge of phenomenal objects and is produced by the synthesis of sensible intuition in space and time. That corresponds to theoretical rational knowledge in Kant. Glaube is “belief” concerning the unconditioned character of things in themselves. Fries did not believe that the Ideas of Reason were “dialectical illusion” the way that Kant did. Kant didn’t want to believe that himself and ended up making the key Ideas postulates of practical reason. Fries regarded the argument for the postulates feeble unless bolstered by a sense that the Ideas were not “illusions” in the first place. The result, nevertheless, is much the same; and Glaube still differs importantly from Wissen, as practical from theoretical reason in Kant, in that there is no intuition that corresponds to the Ideas and so no system or science that can be constructed about transcendent objects. Thus we can be secure with our Idea of God, but we can really know nothing else about God apart from that concept.

Ahndung is what Fries does with Kant’s Third Critique. The objection was that while Kant’s category is supposed to cover “feeling,” what Kant really ends up with is a theory of the subjective universality of a rational aesthetic judgment. This seems to follow from a sense Kant has that only reason connects us to the transcendent and that sensation is only a subjective and confusing factor that distracts and distorts reason: sensibility, our passive relation to objects, is the mark of our imperfection — where for God’s intellectual intuition, objects are produced spontaneously with the active thought of them. Fries’s view was that sensation relates us to things in themselves just as much as reason and that aesthetic feeling is precisely that aspect of sensation. There is for Fries a symmetry between Wissen, Glaube, and Ahndung: in Wissen there is an effective synthesis involving concepts and intuition, which produces the perception of phenomenal objects. On the other hand, in Glaube and Ahndung there are concepts and intuitions, respectively, which do not result in an effective synthesis or a perception of objects: nevertheless they are the conceptual side and the sensible side of our relation to things in themselves. Otherwise Fries’s view of Ahndung differs little from Kant’s aesthetics, and the view of religion in Fries and Nelson is fully as moralistic as Kant’s but with the addition of aesthetic feeling.

Now, to Hegel this was all a very gross kind of irrationalism, and he was happy to derive Fries’s radical politics and anti-Semitism from these theories. On the other hand, Hegel makes the same accusations of “irrationalism” against Kant; but when it comes to Wissen, Glaube, and Ahndung the differences between Kant and Fries are really vanishingly small. The preferred “rationalism” advocated by Hegel was merely a return to the worst kind of circus of absurdities made possible by speculative metaphysics. And while Hegel may have been relatively and laudably free of anti-Semitism, his politics otherwise are nothing worthy of praise. It is no error now to trace the modern theory of the totalitarian state to Hegel rather than to Kant or Fries.

What is conspicuously lacking in Kant or Fries is any interest in actual religions apart from Christianity, which for them is superior beyond doubt or dispute. Nelson has lost any unquestioned sympathy for Christianity, but the result is that he makes vague statements and gives us a sense that he endorses religion in a general and theoretical way but has never met any real religion that he has ever liked. (One story is that Nelson actually divorced his wife because she insisted on baptizing their new son in the Lutheran Church.) Even Fries rejected the central mystery of Christianity, the Atonement. But it is hard to see how anyone could actually be a Christian if they didn’t believe that the function of the Crucifixion was to redeem us from our sins.

Otto becomes less interested in reconstructing an idealized rationalistic Christianity and instead turns to what is actually in it. Thus as a purely phenomenological matter, Otto perceives more to Ahndung than aesthetics, and this begins to produce something descriptively adequate to actual religions. Otto’s addition of numinosity to Ahndung, made no change, as far as he was concerned, in the overall structure of Friesian theory. It was too much for Nelson, who rejected Otto’s new theory as a kind of mysticism; and that characterization seems to get repeated in most descriptions of Otto. However, Nelson himself has a pretty clear definition of mysticism, as a claim to perceptual or discursive knowledge of transcendent objects; and Otto was never guilty of saying anything like that. Otto was certain that God was the numen, but he was also clear that the concept of God and the justification for it comes entirely from the rational side of the equation, from Glaube, and that the theory of numinosity is the description of a feeling, not the description of an object. Now, if we become more sceptical about the rational force of the Kantian-Friesian derivation of the Idea of God, we can appreciate that holiness can apply to other things in other religions. The Buddha, the Dharma, and the Sangha come to mind.

Otto is not a great thinker, but it is enough for anyone to have at least one really good idea. Otto’s is both sound and profound, and it is well lodged both in the context of Kantian-Friesian epistemology and philosophy of religion and in the phenomenological description of religion.

This brings us back to Eliade. Eliade was not an actual student of Otto’s. Instead he just read Otto’s book, and it is obvious that he has no handle on the philosophical and rational side of Otto’s Kantian-Friesian project. Eliade simply continues with the phenomenal description of numinosity. There is nothing wrong with that. The issue is whether he did more than simply fail to treat the moral and rational side of religion but if he actually rejected it in favor of some kind of neo-pagan irrationalism and immoralism. I think that charge is false.

Eliade can justly be accused of political naiveté. If it was merely naiveté, that would be a kind of defense — a kind of defense that is often offered for Heidegger and Werner Heisenberg. The problem is whether foolish or ignorant views are vicious or merely well meaning but uninformed. The proof is whether the views become disillusioned in the face of conspicuous demonstrations of evil. If there is no disillusionment in such circumstances, then we must ask whether such evils really follow from the views and so whether the views are really naive or in fact informed, deliberate, and actually pernicious.

With Eliade there is no doubt of his commitment to Christianity. Any accusation of neo-paganism is grotesquely wrong. Furthermore, Eliade’s own best example of Christian behavior and spirituality was Mahatma Gandhi, whom he had met in India. These are not the kind of views that can justly be accused of implying Death Camps. And Eliade was actually attacked as being too interested in India and in foreign thought to be properly promoting Romanian culture. He thought such xenophobia absurd and reprehensible. What Eliade wanted for Romania was some kind of spiritual rebirth. Not a rebirth of pagan Dacianism, but a rebirth along the lines of Gandhi’s project in India. Eliade hoped that Romania could emulate the achievements of such other small European countries as Denmark, which would always be famous for Kierkegaard and other like thinkers and writers. Wanting to be the Romanian Kierkegaard should not fill one with apprehension about Eliade’s project.

Eliade’s naiveté comes in his attitude toward democracy. He thought that democracy had failed in Romania, and as a description of actual accomplishments, he need not have been wrong. He didn’t like the alternatives either, for he saw Communism in the Soviet Union destroying religion and he saw Fascism in Germany turning against the Jews. Both were sufficient to discredit these things in his eyes. That should be emphasized. If it is a question of recognizing evil, Eliade had no trouble recognizing Hitler’s evil in his anti-Semitism. In that respect we could claim a great moral superiority for Eliade over Heidegger, who never seemed to notice anything of the sort about National Socialism — and both removed the dedication to Edmund Husserl, who was inconveniently Jewish, from Being and Time and refused to sign the dissertations of those of his graduate students who came up for approval after he had become a functionary of the Nazi regime.

If neither democracy nor Communism nor Fascism were very helpful, then that didn’t leave Eliade with much to endorse. That could well have bothered him, but then he felt that his primary interests were not political. His project was promoting his Gandhian “spiritual” revival. At the same time, the looming threat of war was obvious, and Eliade could not help but worry about Romania’s fate when the Titans clashed. In that context the model that began to appeal somewhat to him was indeed Italy, just because Mussolini had (apparently) made the country strong, and Romania would need to be strong to weather the coming storm. Unlike Hitler, Mussolini was not alienated from Christianity — he had negotiated a Concordat with the Pope, which created the modern state of the Vatican City. Nor was Mussolini attacking the Jews. Indeed, Mussolini seems to have even promoted Zionism during the 30’s and was only pushed into actions against the Jews as his dependence on Hitler increased during the War. Eliade’s attraction now sounds very foolish, and in retrospect it seems like sophistry to distinguish Mussolini from Hitler. But there were differences, and Eliade pursued the logic of those differences until he ultimately decided, in the course of the War, that the paradigm he liked the best was Salazar’s Portugal. Fascists all, it is still clear that there were differences between Salazar and Franco, in Portugal and Spain, and Hitler and Mussolini, in Germany and Italy. Franco could not be tempted into the War, for all Hitler’s promises; and, far from joining in Hitler’s Final Solution, Franco seems to have been instrumental in rescuing many Jews from the Holocaust by offering refuge in or passage through Spain. Those differences were the key ones for Eliade; he was not interested in anyone who attacked either Christianity or the Jews.

What this political temptation led to while Eliade was still in Romania were articles endorsing what turned into Romania’s Fascist Party (the “Legionary Movement” or “Iron Guard”). Eliade could endorse the movement only because at first he did not believe it was, as it did not present itself at first as, a political party at all. Eliade hoped it was precisely the sort of grass roots moral and spiritual movement that he wanted, and he relied on the judgment of his academic mentor that this was so. In 1938 the government decided to round up the leaders and sympathizers of the movement, and Eliade got scooped up and detained for two months as part of that. He had never actually belonged to the organization; and as soon as it turned violent, as soon as it began to act like a proper Fascist party, attacking Jews, etc., Eliade washed his hands of it and judged that they had completely discredited themselves. After he was released, he never had anything to do with them again. Instead he began thinking it might be a good time to get out of the country, perhaps even come to America. His prospects of employment in America, however, were bad — American immigration laws were then prohibitive — but then a friend of his offered him a chance for a diplomatic post, as cultural attaché, in London. Eliade and his wife, ironically, thus spent the Blitz in London, a period when Romania was still neutral.

Eliade later got transferred to Lisbon, after Romania joined the Axis, where he spent the rest of the War. There he developed his interest in Salazar, about whom he wrote a book that was published back in Romania. He hoped Salazar would be a good example. He only went back to Romania once during the war, and that resulted in an incident that sounds like the only prima facie credible accusation of anti-Semitism ever made against Eliade. And that was that he visited all his old friends in Bucharest except for an old Jewish friend, who survived the War and later reminisced that it was painful to have been so obviously rejected. However, before leaving Lisbon Eliade had meet Salazar himself, who gave him a message for the Romanian government. After that meeting, Eliade noticed that he was being followed and sensibly concluded that this was the Gestapo keeping track of him. The last thing he wanted to do was to lead the Gestapo to a Jewish friend in Bucharest. I think we can still assume that the Gestapo would have investigated anyone Eliade, as a Romanian diplomat negotiating with neutrals (through whom contacts with the Allies could be made), might have had contact with.

Beyond a certain point it is not necessary to defend, or even explain, Eliade. The worry that Eliade was promoting some kind of neo-paganism in line with Hitler’s is profoundly groundless. His estrangement from democracy was a definite failure of his political judgment, but Otto’s philosophy of religion can hardly be blamed for that — it potentially has no different political principles than Kant. All this would seem to stand in the most obvious contrast with Heidegger, whose views clearly imply the kind of neo-paganism, violence, and irrationalism that he actually found, recognized, embraced, and never repudiated in Nationalism Socialism. This all is bound to thoroughly discredit the fundaments of Heidegger’s thought. Nevertheless, even with Heidegger we should recognize some historical importance and some minor theoretical interest in his work. But compared to Heidegger, Otto’s Kantianism, and Eliade’s contributions to Otto’s program, are sterling achievements beyond reproach. For them, Eliade should have at least as much of a hearing as Heidegger (or as the celebrated Joseph Campbell, whose distaste for theistic religion in general, and for Judaism in particular, is often palpable).

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Mircea Eliade (1907-1986) es quizás el mayor historiador de las religiones del siglo XX. Pero además Eliade quiso sobre todo ser “un escritor rumano”. Su obra narrativa también interesa. Una unidad de estilo y de enfoque informa el conjunto de su obra, del ensayo al relato. Y bajo toda ella late la inmensa curiosidad del autor, especialmente en el ámbito de lo religioso. Este artículo traza los hitos biográficos más notables del personaje (de su viaje a India a su docencia en Chicago). También repasa los distintos géneros de su obra y ofrece una información completa a modo de introducción a uno de los intelectuales más influyentes del siglo XX.

 

Introducción

Entre los estudiosos de las religiones el nombre de Eliade es un referente obligado. Sus ensayos, tratados o su Historia de las creencias religiosas son y han sido fuentes obligadas de estudio.

Algunos de estos estudios ya habían sido traducidos y publicados en nuestro país, pero también habían sido olvidados o descatalogados. Hoy se vive una auténtica fiebre de reedición o nueva publicación de las obras de Eliade. Se rescatan ediciones, se amplía la oferta, y, lo que es sumamente indicativo, se publica también su obra narrativa y memorialística.

Quizás este rescate de la figura y obra de Eliade obedezca al creciente interés que la cuestión religiosa suscita en los círculos culturales que antes habían menospreciado la cuestión o la consideraban irrelevante. Como dijo el propio Eliade, parece que el “futuro será religioso o no será”. Incluso cuando este interés viene justificado por una visión sesgada: el papel de los fundamentalismos o de las motivaciones religiosas en los conflictos del presente y previsiblemente del inmediato futuro.

Sea como fuere, bienvenida sea la actualidad de Eliade. Pues, en efecto, en su inmensa obra late una curiosidad sin límites por el fenómeno religioso, una mirada aguda sobre su variedad y su profunda unidad. Seguir la obra de Eliade permite abismarse en las manifestaciones más diversas, de Oceanía a América, de las religiones primitivas a los fenómenos pseudoreligiosos de la modernidad. Su inmensa erudición podría llegar a abrumar, pero un estilo ágil y eléctrico permite que lectores de muy diverso nivel (desde el especialista hasta el aficionado) puedan gozar de sus enseñanzas.
 


Una generación rumana

Como es lógico en un intelectual de su envergadura, su obra se nutre y a la vez vivifica las disciplinas más diversas, de la antropología a la mitología, pasando por la historia o la sociología.

Siendo como fue, por su biografía personal e intelectual, un hombre ecuménico, él mismo había dicho que en principio sólo “pretendía ser un escritor rumano”. Y es que repasando pasajes de sus memorias, por ejemplo sus diarios de 1945-1948, se constata que su verdadera y declarada vocación era la de novelista. Por lo que parecería, según su propia confesión, que su ingente obra en el campo de la historia de las religiones fuera un mero accidente. Visto retrospectivamente, es seguro que Eliade pasa a la Historia por este “accidente”, más que por su obra narrativa, aunque ésta contenga algunas obras memorables. El destino le desmintió su vocación. Como también fue el destino o el azar, además de su voracidad y curiosidad, el que lo llevó a un periplo que, tras su nacimiento en Bucarest, se inicia en la India y concluye en EE.UU. Pero él quiso ser rumano. Y ciertamente, si repasamos, otros nombres ilustres de la intelectualidad rumana del siglo XX, veremos que un aire de familia los une. Citemos algunos de los más destacados: Emil Cioran (1911-1995) y Eugene Ionesco (1912-1994), con los que compartió amistad y exilio en Francia. El filósofo más “nihilista” del siglo XX (Cioran) y el creador del “teatro del absurdo” (Ionesco) comparten con Eliade una altura intelectual que obliga a preguntarse por las fuentes de esta generación rumana. Otros rumanos ilustres de la misma generación fueron Jean Negulesco (1900-1993) y Tristan Tzara (1896-1963), uno de los creadores del dadaísmo.

Una sólida formación, quizás más sólida por estar ubicados en un ambiente a priori “provinciano”, su pertenencia a un país que en la periferia sufre la crisis de la conciencia europea, el drama de la elección entre el supuesto “futuro luminoso de la humanidad” (el comunismo) y el apego a la tradición, pueden ser factores que expliquen la emergencia de esta generación. En unos condujo a la expresión de una conciencia desgarrada, como en Cioran o Ionesco; en otros, como Eliade, condujo a una búsqueda de las raíces de ese desasosiego, que serían las raíces religiosas. Él mismo había dicho que la razón de su vehemente investigación de las religiones es porque en ellas percibía “toda la nostalgia y el entusiasmo que percibo en el hombre moderno”.
 


De Bucarest a Chicago

Esta búsqueda no se circunscribe al ámbito que le sería propio, el de las religiones de Occidente. Su impulso es más universal, y se dirige en primer lugar hacia Oriente. En efecto, a los 21 años de edad (en 1928) se traslada a India para ampliar sus estudios y preparar la que sería su tesis doctoral. En sus tres años de estancia traba conocimiento con Dasgupta, ilustre historiador de las religiones y filosofías de la India (véase su monumental History of Indian Philosophy, en 5 volúmenes), y también con la hija de éste, lo cual incomodó al maestro. Regresó a Bucarest en 1931 donde ejercería la docencia, pero ya “tocado” por ese aire orientalista de profundo respeto por el hecho religioso.

Fruto de ese profundo conocimiento de las religiones de Oriente es la publicación más adelante de su tesis en francés: es la conocida obra Yoga. Inmortalidad y libertad. En ella ya se observan los rasgos propios de su aproximación metodológica y de su estilo: el yoga es abordado en cuanto escuela específica, en cuanto práctica del conjunto indisoluble cuerpo-mente, y como hilo presente en todo el recorrido de las creencias y de las religiones indias (con interesantes incursiones en los paralelismos que pueden establecerse entre las prácticas yóguicas y otras de otras latitudes o épocas, por ejemplo la kenosis de los monjes ortodoxos del Monte Athos). Es decir, una presentación en profundidad, “desde dentro” y a la vez histórica, y por otra parte repleta de sugerencias, de apuntes transversales.

Esas características se mantienen y se desarrollan a lo largo de sus posteriores estudios y publicaciones. Con una actitud desbordante y una inmensa capacidad de trabajo, tal como atestiguan sus diarios de sus primeros años de exilio. Pues, en efecto, en 1940, ya iniciada la II Guerra Mundial, abandona Rumanía por motivos personales y políticos, y tras estancias en Lisboa y Londres se instala en París en condiciones muy precarias. Sin recursos, en una habitación gélida en los inviernos, escribe y estudia en jornadas de 15 horas de trabajo. En ellas intenta hacer compatible su labor ensayística y la narrativa, aunque el reconocimiento, que tarda en llegar, le viene del lado de la ensayística.

Finalmente, ya con un reconocimiento creciente, es llamado a Estados Unidos en 1956, donde se instala y es admitido en la Universidad de Chicago. En esa universidad alcanza sus mayores méritos académicos impartiendo sus cursos de Historia de las religiones, hasta su muerte en 1986.
 


Un tratado sin método

De esa larga etapa americana proviene parte importante de las publicaciones de Eliade. Una etapa en la que se consagra como una de las voces más autorizadas en el estudio de las religiones.

Su obra abarca los más diversos temas y panorámicas, desde el ensayo preciso (por ejemplo El Chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis) a las monografías (por ejemplo Patanjali y el Yoga), al ensayo de síntesis (por ejemplo Mito y realidado El mito del eterno retorno), a la historia sistemática (su inacabada Historia de las creencias y de las ideas religiosas) y el tratado (su imprescindible Tratado de historia de las religiones).

Lo que esta vasta obra señala es una intención básica: la de rescatar la historia de las religiones de la fría y distante erudición que le precedía o le rodeaba. Para Eliade el hecho religioso es un hecho vivo, incluso cuando se estudia su recorrido histórico. Según él mismo definió, “la historia de las religiones no se limita simplemente a una disciplina histórica, … es igualmente una hermenéutica total llamada a explicar cualquier clase de contacto del ser humano con lo sagrado”.

Por eso, el mérito de Eliade consiste en haber rescatado esta disciplina de una especialización erudita y fría, de unas pautas interpretativas en clave materialista o freudiana, todas ellas ajenas y externas al hecho religioso mismo. Es así que definimos su actitud como un estudio “desde dentro”, y su método como una hermenéutica total que acude a campos o enfoques diversos (el fenomenológico, el simbólico, el histórico, el mitológico, incluso el literario). Y ello sin pérdida de rigor o erudición, pero eso sí con una capacidad transversal, sintética, panorámica, y sobre todo sugestiva, que puede tocar la sensibilidad del lector actual. Él no disecciona cadáveres, sino que observa cuerpos vivos, aunque sean cuerpos del pasado. Este tipo de actitud le acerca al enfoque jungiano con el que compartió inquietudes en el llamado círculo Eranos. También es reconocible la influencia de la revolucionaria obra Lo santo de Rudolf Otto.

Es por ello que debe agradecérsele también un estilo directo. De hecho este rasgo no es sólo estilístico, forma parte del todo de una actitud. Eso se ve muy claramente en una de sus obras cumbres: el Tratado de historia de las religiones. Contra lo que puede esperarse de un Tratado, parece que la exposición no contenga una metodología precisa, o al menos –y eso también se agradece- no contiene farragosas disquisiciones o introducciones metodológicas. Sólo encontramos una breve presentación a cargo de Georges Dumézil, un escueto prólogo a cargo del autor y un primer capítulo que aborda cuestiones de método pero ya entrando en materia, en este caso en la cuestión de las hierofanías.

El método va desarrollándose a lo largo de la propia obra, en la forma de abordar cada temática, con la intención siempre expresa de mostrar una panorámica y un entendimiento sintético.
 


Ávida curiosidad y capacidad narrativa

Probablemente esta actitud metodológica no sólo responda a una elección consciente en el campo propio de su disciplina. Se adivina ahí también al narrador. Y una curiosidad sin límites, curiosidad que un exceso de rigor metódico limitaría.

En efecto, su estilo ensayístico es profundamente narrativo, incluso mítico. Y su curiosidad le lleva a recorrer fuentes dispares, enfoques distintos, temáticas aparentemente lejanas pero en las que él descubre relaciones significativas. Toda esa red de relaciones ha de ser descubierta mediante un método eminentemente literario: la literatura posee esa libertad que a veces el ensayo no posee. Un ejemplo elocuente es su ensayo De Zalmoxis a Gengis-Khan. Esta obra se inicia en la figura mítica de la Dacia neolítica, figura que fue retomada por la escuela pitagórica, y tras numerosas incursiones en las religiones y el folklore de la Europa Oriental fija su atención en el jefe mogol del s.XII-XIII y aún se adentra en las expresiones cristianas del dualismo.

Todo este amplio análisis, hecho con rigor y amenidad, sólo puede hacerse con la maestría de Eliade, y con su capacidad narrativa, aunada a un conocimiento profundo y detallado de las fuentes manejadas.

Es tal el dominio de la materia por parte de Eliade que pocos podían atreverse a elaborar a título individual una Historia de las creencias y las ideas religiosas de alcance universal. Obra inacabada e interrumpida a su muerte, ofrece sin embargo en sus tres volúmenes una panorámica muy completa (su discípulo Ioan P. Couliano se encargó del cuarto y último volumen). Pero, al margen de su capacidad individual, también debe destacarse su capacidad para las obras colectivas. En esta línea, la obra más destacable es The Encyclopedia of Religions, obra por él dirigida que consta de 16 volúmenes.
 


El narrador

Pero, como ya dijimos antes, la vocación más profunda de Eliade era la de narrador, aspecto en el que fue, a pesar suyo, menos reconocido. Ahora, con la reciente publicación de esta parte de su obra, el reconocimiento ha llegado. En esta faceta, Eliade se muestra formalmente bastante tradicional: entiende que la novela ha de contar una acción, describir unos personajes y sugerir una conclusión. Es indicativo, por ejemplo, que criticara las novedades formales de un Joyce. No significa eso que su narrativa pretenda un realismo a ultranza. Al contrario, en muchas de sus novelas y relatos se respira una atmósfera irreal y mágica. Quizás la obra más lograda en esa línea sea Medianoche en Serampor, conjunto de dos relatos que convencionalmente podrían clasificarse dentro del género fantástico o exótico, pero que por su profundidad espiritual desbordan tal estrecha clasificación. También a ese género pertenece la novela corta La señorita Cristina, una “historia de fantasmas y de amor” situada en su Rumanía natal.

La mayor parte de la obra narrativa de Eliade sitúa justamente la acción en Rumanía, como si las raíces le obligaran a retomar los paisajes de su infancia y de su juventud incluso tras largos años de ausencia. En alguna de ellas, como la ambiciosa La noche de San Juan, se recrea el clima cultural y político de la Rumanía de entreguerras.

Al margen de que consideremos que su obra narrativa es más irregular que la ensayística, aunque contenga obras muy notables, su sola producción da fe de un espíritu inquieto, abierto a una forma de contar que supera la rigidez del simple erudito. Esa característica también es visible en sus diarios y memorias. Constituyen el valioso testimonio de uno de los intelectuales más agudos de ese siglo, de un siglo que quiso enterrar la religión y acabó reencontrándola.



Nota biográfica
 

Mircea Eliade nació en Bucarest en 1907. Se licenció en filosofía en 1928. Partió a la India, donde residió hasta 1931 estudiando sánscrito, filosofías y religiones en Calcuta al lado de Dasgupta. También vivió aislado en el Himalaya durante seis meses. De vuelta a Rumanía se doctoró con una tesis sobre el Yoga, antecedente de su famosa obra Yoga. Libertad e inmortalidad. Enseñó hasta 1939 historia de las religiones. Al estallar la II Guerra Mundial fue nombrado agregado cultural en Londres. Se exilió en París en 1945, donde acabó enseñando en la Sorbona. En esta etapa de su estancia en Francia se fraguó su prestigio: publicó, entre otros, su Tratado de historia de las religiones (1949). Colaboró con Jung en el círculo Eranos y con Jünger en la Revista “Antaios”. En 1956 se trasladó a EE.UU., instalándose en Chicago, en cuya universidad desarrolló hasta su muerte en 1986 su labor docente e investigadora. Entre sus numerosas publicaciones destaca su inacabada Historia de las creencias y de las ideas religiosas (1976-1985) y la dirección de la obra en 16 volúmenes Encyclopedia of Religions.



Bibliografía

Esta bibliografía no pretende ser exhaustiva. Se presenta por orden alfabético, según géneros, y según las ediciones más asequibles.

Alquimia asiática. Paidós, Barcelona, 1992

El Chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis. Fondo de Cultura Económica, México, 1992

Cosmología y alquimia babilónicas. Paidós, Barcelona, 1993

Herreros y alquimistas. Alianza, Madrid, 1996

Historia de las creencias y de las ideas religiosas. 4 vols. Paidós, Barcelona, 1999.

Imágenes y símbolos. Taurus, Madrid, 1992

Iniciaciones místicas. Taurus, Madrid, 1989

Mefistófeles y el Andrógino. Labor, Barcelona, 1984

El mito del eterno retorno: arquetipos y repetición. Alianza, Madrid, 1998

Mito y realidad. Labor, Barcelona, 1985

Mitos, sueños y misterios. Grupo Unido de Proyectos y Operaciones, 1991

Ocultismo, brujería y modas culturales. Paidós, Barcelona, 1997

La Prueba del laberinto. Cristiandad, Madrid, 1980

Lo sagrado y lo profano. Paidós, Barcelona, 1998

Tratado de historia de las religiones. Cristiandad, Madrid, 1981

El vuelo mágico y otros ensayos. Siruela, Madrid, 1997

Yoga. Inmortalidad y libertad. La Pleyade, Buenos Aires, 1977

De Zalmoxis a Gengis-Khan. Cristiandad, Madrid, 1985

Obra en colaboración

The Encyclopedia of Religions. 16 vols. Ed. dir. M. Eliade. MacMillan, New York, 1987

Eliade, Mircea ; Couliano, Ioan P. Diccionario de las religiones. Círculo de Lectores, Barcelona, 1997

Eliade, Mircea ; Kitagawa, Joseph M. Metodología de la historia de las religiones. Paidós, Barcelona, 1996

Narrativa

Boda en el cielo. Ronsel, Madrid, 1996

El burdel de las gitanas. Siruela, Madrid, 1995

Los jóvenes bárbaros. Pre-textos, Valencia, 1998

Medianoche en Serampor. Anagrama, Barcelona, 1981

La noche de San Juan. Herder, Barcelona, 1998

La señorita Cristina. Lumen, Barcelona, 1994

Tiempo de un centenario. Kairós, Barcelona, 1999

El Viejo y el funcionario. Laia, Barcelona, 1984

Diarios y Memorias

Diario íntimo de la India. Pre-textos, Valencia, 1998

Diario íntimo indio (1929-1931): novela indirecta. Pre-textos, Valencia, 1997

Fragmentos de un diario. Espasa-Calpe, Madrid, 1979

La India. Herder, Barcelona, 1997

Memoria. Tomo 1. Las promesas del equinoccio. Taurus, Madrid, 1983

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